miércoles, 21 de julio de 2010
El Arbolista Mágico
Llegué como un intruso y cuando me marché ya de noche, sentí que Magali, André y yo éramos viejos amigos. Compartimos alimentos y vivencias. Me contaron sobre sus vidas, de sus andanzas, que son muchas, por estos mundos de Dios y de gente.
André y Magali son una fuerza de la naturaleza. Y sus hijos heredaron ese mismo vigor con enjundia. No podía ser de otro modo.
Al principio de los setenta André recién terminaba la escuela secundaria, echó mano a la mochila y se fue a viajar por Sur América. No les narro todo lo que vivió André. Les cuento sin embargo, que entre Chile y México este boricua de pura cepa, nacido en Santurce hace algo más de medio siglo, recorrió los caminos sagrados y profanos que nos enseñan que vale la pena aferrarnos a la vida con devoción milagrosa, espíritu combativo y estar dispuestos a caminar el tramo que sea necesario.
André fue arrestado y torturado en Chile, durante el golpe de estado que derrocó a Salvador Allende. Luego de dos costillas rotas a culata de fusil y un rapado de su cabellera, por suerte, lo dejaron ir y caminó por los gélidas montañas de los Andes (sobre una capa de mantecado, como lo describe él) de pueblo en pueblo, recogiéndose en las zanjas y arropado de intemperie mientras un toque de queda nacional acechaba maliciosamente. Pero André es un iniciado, y como tal supo sobrellevar esa marcha. Quizás es ese carácter suyo. Porque André, a pesar de haber conocido el lado oscuro del mundo, exuda luz desde sus ojos. Hay urbanidad y paz en su mirada. He visto en pocos hombres semejante vista.
Con esos mismos ojos André conoció rincones que no aparecen en los mapas y a seres humanos cuyas historias penden en la brisa, como una brizna o una llovizna; chamanes originales, maestros que dejan su huella en el aire que respiramos.
Si asombroso es su relato al Sur, arrobadora es la historia de cómo quedó prendado en un instante por la belleza de Magali, cuando la vio por primera vez. Pude percatarme de la honestidad de su relato, porque yo mismo he podido sentir ese relámpago alguna vez en mi vida.
Me contó, como si hubiera sido ayer, que vio a Magali por primera vez ya entrada la noche. La vio sentada. Le vio el rostro y se perdió en esos ojos color Atlántico bravo que lo llevaron a sumergirse donde pocos llegan jamás. Magali estaba sentada porque azares del destino le impiden caminar. Sin embargo, eso nunca fue una dificultad para andar el mundo, a fuerza de amor, con André.
Tampoco fue obstáculo para parir una casta espectacular. Como la hija mayor de ambos, engendrada un diciembre en unos baños termales de Chile, en desafío a las probabilidades, y a quien bautizaron con el nombre de un volcán de la Araucanía, a modo de premonición. Hoy, Llaima Sanfiorenzo Orbeta es la telúrica encarnación del amor que se profesan Magali y André. Y la fuerza de Llaima se siente aquí en Puerto Rico y otras latitudes.
Manuel, el segundo de los hijos es el maestro cervecero de Carite. Un hombre joven de carácter fantástico y una certera y eficiente determinación, comprometido con su tierra y la naturaleza. A ese lo parieron entre bejucos venenosos en el Norte. Bien al Norte. Pero Manuel no lleva veneno en sus venas. Lleva la savia de un patriota.
Y entonces está la pequeña que como su madre, posee ojos en los que es muy fácil perderse. Una joven que parece no tener miedo. Una chica que sabe del trayecto recorrido por los suyos y para nada es pusilánime en el pase de batón. El origen de su nombre es quizás su propio destino… Amanda: la que debe ser amada. Allí estaba su pareja, Diego, que ha comenzado hacer lo propio.
El espacio de los Sanfiorenzo Orbeta es boscoso. Hay plantas de todo tipo. Medicinales, silvestres, comestibles. Una quebrada atraviesa la propiedad. La humedad es imperecedera. Y hace fresco. Tienen un batey con suelo de tierra y techos de lona. Y dos filas de futones colocados cara a cara permiten la conversación de retina a retina.
Al fondo de ese batey bajo lonas, hornillas y fogones sirven para preparar lo que se antoje. Una vez se llega al espacio de Magali y André nada tiene dueño. Se pasan las horas y se escuchan historias. Narraciones de todo tipo. Sucesos inimaginables propios de nuestro realismo mágico. Presencié situaciones nuevas, al menos para mí, como cuando André recibió un masaje de Santosh, uno de los invitados, quien mediante su prodigioso tacto le restauró el fluido energético correcto a André, no sin antes éste padecer los albures del acto.
En ese espacio degusté la cerveza cacera de Manuel; probé alimentos vegetarianos y conversé con una amiga que alguna vez creí jamás volvería a ver. Mi amiga Astrid Thillet. En honor a la verdad, fue Astrid quien me condujo allí. Fue por ella que pude tener la grata experiencia de conocer a André y su familia. Fue ella quien -en un episodio de confianza inmerecida- se corrió el riesgo de invitarme. Allá fuimos con sus dos chicos. Dos graciosos torbellinos ellos mismos, que en el espacio de André y Magali se funden con un jardín infantil real: la naturaleza.
La experiencia requirió de algún modo quedar registrada. Gracias Astrid. Y de hecho, tenías razón, debí haber llevado la cámara.
viernes, 16 de julio de 2010
En rio revuelto
Recuerdo el Puerto Rico aquel de una economía más estable, sustentada en un laborioso espíritu de superación y honestidad. Recuerdo que terminaban los años sesenta. En las estaciones de gasolina siempre había empleados. Las tintorerías recogían y llevaban a domicilio la ropa. Los pañales de algodón eran recogidos y entregados del mismo modo. Un obrero llevaba el lácteo al hogar en un camión refrigerado, y se reciclaba el embase. Los colmados de la esquina llevaban en una cesta o una caja los víveres encomendados. Las panaderías, en muchos casos, estaban a la vuelta de la esquina. Había carnicerías independientes. Zapaterías, sastrerías.
Existían los consultorios médicos de prácticas muy honrosas y galenos que visitaban el hogar con el maletín clínico. Con regularidad un vehículo cargado de frutos u otros alimentos recorría las calles de los vecindarios con su oferta. Existían las talabarterías. Tienditas de “limber” y “school supplies”. Granados maestros de música dictaban sus clases a particulares. Y el afilador de cuchillos y tijeras anunciaba su presencia con la inconfundible sonoridad de una flauta de pan.
Afilador de Parque Chacabuco by latitud34sur
En fin, existía una sinergía variada, interdependiente y muy social de índole laboral y económica. Había mucamas y nanas. Y tantos oficios como productos y servicios pudieran necesitarse.De momento no recuerdo cuándo dejaron de existir los empleados que verificaban que el motor del coche tuviera sus fluidos al nivel correcto mientras servían la gasolina. ¿Cuándo dejaron de limpiar el parabrisas? A veces me pregunto cuándo dejaron de existir el portero, el ascensorista y los puestos de periódicos y revistas. ¿Por qué ya el heladero no recorre nuestras áreas más urbanas?. ¿Dónde están los peleteros y los relojeros?
Todos estos oficios daban un balance a la comunidad. Eran la verdadera simiente de la libre empresa. Y quizás el disuasivo perfecto a la criminalidad y los vicios. Sin embargo, menguaron o desaparecieron. Y todavía nos preguntamos por qué existe el desempleo. Sencillo. Nos hemos tragado un anzuelo y nos han enredado en la tarraya del oportunismo.
domingo, 4 de julio de 2010
Comunicaciones
Una propuesta de un pintor amigo mío consistía en un mural destinado a un espacio público en un lugar que ahora no recuerdo. Sí recuerdo el contenido de la obra. En un fondo color cielo se cruzaban convergían, entrelazaban, entremetían, confluían cientos de líneas que entretejían un laberinto de mensajes. Proponía el pintor que nuestro espacio, esa bóveda celeste, va cargada de recados, correos y envíos desde y hasta distintos destinatarios. Miles de expresiones, claras y confusas. Como un cielo estrellado a plena luz del día, como una precipitación diurna de perseidas. Así es el cielo de Carmelo.
La genialidad de su visión me arrobó en un instante. Y me percaté que ese cielo nuestro y de Carmelo es un vehículo y una red al mismo tiempo. Que por ese cielo se suceden millones de mensajes. Radio, sonido, luz, microondas, que van a parar a nuestros receptores biológicos o tecnológicos. Transmisión a través del cielo de códigos convencionales repletos de arquetipos. Y en la barahúnda celestial, indiscriminada, se cuelan los malos mensajes, los malos principios y los peores finales. Visto a través de las letras, puedo describir ese cielo: un crucigrama de ideas, todas las ideas, sintetizadas en líneas de distintas formas y extensiones, en una geometría espacial infinita que forma una malla impenetrable. Un cielo rayado. Arañazos y trazos. Enigmas para cada quien y cada cual. Una red que requiere de una contraseña individual para poder decodificar, comprender, separar el grano de la paja, y poder encontrar la verdad.
viernes, 2 de julio de 2010
jueves, 1 de julio de 2010
miércoles, 30 de junio de 2010
domingo, 20 de junio de 2010
sábado, 12 de junio de 2010
A Tomas Ortiz

No recuerdo exactamente cuándo lo conocí. Quizás era yo muy joven como para llevar fechas más allá que la del cinco de enero, víspera de la Fiesta de Reyes, cuando siempre veía a ese señor que aprendí a querer y respetar por sus posturas y gestos. Sí recuerdo, sin embargo, el momento en que por primera vez supe que le tenía un entrañable cariño.
Tomás Ortiz era un hombre bueno. Era uno de esos seres con una fuerza interior que no se refleja en musculatura ni en la altanería. Su fuerza estribaba en su humildad, en sus convicciones y su oficiosa presencia.
No sé si Tomás Ortiz escribió un libro. Pero sé que sobre Tomás Ortiz puede escribirse uno.
Lo recuerdo con su atuendo de trabajo: un pantalón vaquero tan veterano como él; camisa de uniforme militar verde y botas. Perfeccionaba su estilo con un capacete legendario y un machete bajo el brazo. El cinturón en sus pantalones era negro y ancho, con hebilla de acero, y le recorría su magra cintura sin esfuerzo, más bien con precisión. Cuando caminaba hacia alguien, su cabeza se inclinaba ligeramente hacia un lado y la mecía con un tenue movimiento, como una campanita. Se acercaba con una media sonrisa amistosa, y con el brillo de unos ojos oscurísimos, delineados entre los surcos que la vida obsequia en reconocimiento a la experiencia. Su voz, que parecía salir de la base del cuello, allí donde converge con las clavículas, denotaba una honestidad que solo podía ser bien recibida. Era un hombre fuera de serie.
Tomás Ortiz caminaba mucho. Como quien tiene confianza y no le teme a nada, sin tener que convencer a nadie. Era emblemático verle en su jeep color rojo por las veredas sinuosas de Barranquitas. Se le veía arriar vacas entre cerros, en las heredades sembradas de plátano, yuca y habichuelas. Sembraba el arroz que luego de cosechado su esposa convertiría en el suculento arroz con dulce más solicitado de toda la navidad. Trabajaba la tierra. Alimentaba sus animales. Domaba caballos. Sabia de ganadería. Conocía árboles y frutos por nombres y apellidos. Además, entendía el secreto de confeccionar aguardiente que añejaba en cocos secos sellados con un tapón de tachuelo y cera.
Supo servirse de sus animales con un respeto inmenso. Como el aborigen que rinde culto a la Madre Tierra. Inmolaba un cerdo para agasajar familiares y amigos en Fiesta de Reyes. No lo asaba. Lo trozaba para que se degustara como carne frita, cocinada en un fogón localizado al dorso de su hogar. Gente de todas partes llegaba a la casita blanca de Tomás y Rosa desde muy temprano con la esperanza de pellizcar un trocito.
Hospitalario por naturaleza, llegar al hogar de Tomas y su esposa Rosa, era detenerse en un manantial de agasajos. Frutas frescas, dulce de lechosa, toronja en conserva, dulce de naranja. Y por supuesto, café.
Agricultor, agrónomo y veterano. Era un hombre de antes, de esos a los que la vida forjaba de un modo distinto: con un cincel de obligaciones y responsabilidades desde temprana edad; con avatares extremos en circunstancias que requerían valor e imaginación. Como aquella ocasión, durante la Guerra de Korea en el frente de batalla, que la ametralladora de la que dependía el pelotón se estropeó por el uso continuo. Una pieza que encarrilaba la munición en la recámara, de tanto calor, se fatigó y la boca infernal de la ametralladora quedó muda en un instante en el que les iba la vida. Tomás Ortiz, hombre de campo con un ingenio de metrópolis, alcanzó un árbol de guayabo y con una navaja -nunca renunció a llevar una consigo- cortó un trozo de madera cilíndrica y densa, la colocó en el lugar de la pieza con la precisión de un ingeniero metalúrgico y la metralleta volvió a despedir plomo. Un pelotón se salvó gracias a una navaja y a un trozo de árbol de guayaba. Eso diría Tomás Ortiz. Los sobrevivientes dirían que fue gracias a él, y le valió el reconocimiento de sus superiores. El solo calló la hazaña. Conociéndole, supongo que su entendimiento de hombre íntegro le sugería que aquel gesto, que le permitió salvar vidas, no era más que su deber.
Al regreso de los campos de batalla, donde conoció de primera mano el verdadero significado de la palabra sobrevivir, estudió agronomía en el Colegio de Artes y Ciencias Mecánicas de Mayagüez. Una institución universitaria famosa por acoger a los mejores estudiantes de ciencias e ingeniería. Allí aprendió el nombre científico y la técnica de todo aquello que parecía llevar en sus genes. Sabia de ganado, de siembras, de horticultura. Sabia de gente y sobre muchas otras cosas. Además, tocaba el acordeón.
Como dije al principio recuerdo el día preciso en que supe cuánto afecto le tenía. Fue luego de una prolongada ausencia por esos lares; llegué de visita inesperada y me lo encontré no como el hombre que había conocido de niño, sino como sobreviviente de un cáncer que le llevo parte de la lengua. Su cuello manifestaba la huella entre la mandíbula y la oreja; sostenía entre sus labios un pedacito de servilleta para evitar que la saliva se desbordara por una de sus comisuras. Cuando le vi sentí la gran amargura de la aflicción. Y le murmuré muy cerquita que me perdonara por no haberme imaginado lo que le había tocado vivir y mi ausencia. Pude ver como se le aguaron los ojos, y como bajó su mirada. Tenía yo cuarenta años y el aproximadamente setenta y dos. Aquella mirada era una de vergüenza. No era de recriminación ni de queja. Era la vergüenza que aquel jibaro sentía al verme compungido. Hasta en eso era grande ese hombre. Tan grande que supo soportar la muerte trágica de dos de sus cuatro hijos, en épocas distintas.
Disfruté muchas de sus conversaciones,relatos e historias. De sus explicaciones y descripciones sobre plantas y cultivos. Disfruté verle ser abuelo porque realmente se adentró en esa fase de su existencia con la misma responsabilidad y vigor que ameritan todas las cosas importantes de la vida. Particularmente, con aquel nieto de nombre Alberto, que parecía un Tomás Ortiz en miniatura.
Se ha ido Tomas Ortiz. No me imagino los campos sin sus pasos. No me imagino la Fiesta de Reyes sin su acordeón. No imagino al nieto Alberto sin su abuelo. No me imagino a Sonia y a Maribel sin su padre en un día como hoy. No puedo imaginar el mundo sin Tomás Ortiz.
miércoles, 26 de mayo de 2010
Tivoli Gardens y el Bosque de Sherwood
Jamaica. Ese verde trazo de acuarela en el Mar Caribe se tiñe de rojo en estos días. Resulta que un narcotraficante, aparentemente, retó la autoridad del oficialismo. La consecuencia tiene ribetes de guerrilla civil. Kingston, que nunca ha sido una ciudad tranquila, echa humos por varios flancos. Fue en el 1987 que visité este paraíso angloparlante y prieto. Una de las cosas que más me llamó la atención fue observar una fortificación colonial amurallada, vigilante hacia el mar, pintada a brocha color blanco, como se pinta una casa. Aquello era una mancha en el horizonte. Ahí me di cuenta que esta gente hacía las cosas de otro modo. Habiendo visto yo varias plazas fuertes en su estado original, aquel fortín daba al traste con el pasado y el presente.
En aquella ocasión estuve solo horas en Kingston. Mi destino final era Negril, al Oeste de la Isla. Si bien Jamaica parece un paraíso pude ver por los intersticios de su gente que había algo rancio entre tanta belleza. En ruta hacia Negril vi casas de campañas desparramadas por doquier y vi miseria. Algún tiempo atrás un huracán
Ahí entra Christopher Dudus Coke. Un hombre de 42 años que mantiene un imperio de drogas y además licita y obtiene contratos oficiales para realizar obras al propio gobierno. En esas gestiones salpica a la gran mayoría de los burócratas y políticos. Se ha enraizado como benefactor de su comunidad, Tivoli Gardens.

Desde su estancia de poder, se dice, Dudus ha provisto a comunidades de aquello que el Estado –por la razón que sea- no tiene capacidad de brindar en cumplimiento del contrato social. Eso lo hace un hombre peligroso. Supongo que para su gente, Dudus Coke es como un Robin Hood. Con ese nombre y la lealtad que muestra por él la gente de su barrio, no dudo que se convierta en un mito; en una de esas leyendas que solo nacen en el clandestinaje, y solo se conoce y perdura de boca en boca. Dudus Coke de Tivoli Gardens.
Estados Unidos dictó auto de extradición en contra de Dudus a mediados de mayo de 2010. Jamaica rehusó extraditarlo. Pero por algún ejercicio “diplomático” el primer ministro ha ordenado su captura. La presión fue demasiada. A ese mismo primer ministro se le relaciona en su circunscripción con el fugitivo. Lo que me lleva a pensar cuán turbio es todo esto de la política, la democracia y el tráfico de drogas. Lo que me lleva a pensar que mientras alguien necesite ser electo por una mayoría de votantes, habrá quien venderá su alma al diablo en más de una ocasión, sin importar en qué infierno transige, con tal de aferrarse al poder. Y en más de una ocasión traicionará a cuantos tenga que traicionar para adquirir el voto de una masa de pobres infelices, de los que luego se olvidará. Y entonces saldrá un Christopher Dudus Coke. Y otro y otro y otro.
muerto 60 personas y hay doscientos heridos. Civiles en su mayoría. Ese mal llamado “daño colateral” es de seguro entre desposeídos y gente de a pie que se siente en deuda con Dudus.Los que miramos desde lejos, fácilmente nos confundimos. ¿Será Dudus Coke un tipo tan malo que requiera que, con tal de capturarlo, se mate tanta gente? ¿Vale la pena pagar el precio de ajusticiar a alguien, a costa de que muchos otros perezcan ignominiosamente, y defendiéndolo?
lunes, 24 de mayo de 2010
Ayer y Hoy

Fue un cuatro de mayo y empezaban los años 70. El presidente Richard Nixon había sido electo en 1968. Vietnam era el infierno en la tierra y su escalada exacerbaba la opinión pública a través del mundo. Camboya recibía un azote de fuerzas norteamericanas. La posibilidad de conscripción militar amenazaba con desarraigar a la juventud de sus centros de estudios. Y en la Universidad de Kent, Ohio, -fundada en 1910 y con un impacto comunitario encomiable- los estudiantes decidieron hacer algo al respecto.
Comenzaron sus marchas. Simpatizantes se adhirieron. El alcalde de la ciudad comenzó a incomodarse. El comercio, los bares, los bancos tuvieron que cerrar. Y entonces, luego de llamarlos “comunistas”, “anti americanos” y “lo peor que se haya criado en América”, llamaron a la guardia nacional del Estado. Les pidieron que se dispersaran, que abandonaran la protesta y se fueran del campus. Se encendieron los ánimos. Hubo intercambios violentos –piedras, gritos y botellas entre estudiantes y militares-. Los soldados calaron bayonetas y dispararon. Dispersado el humo de las armas de fuego, cuatro estudiantes yacían muertos. Investigaciones, culpas y recriminaciones sucedieron a los hechos, como es de esperar. Mil y una versiones, inculpatorias y absolutorias, plagaron medios y tribunales. Un alumno de comunicaciones de la Universidad de Kent utilizo una grabadora “reel to reel” y colocó un micrófono en la ventana de su dormitorio y grabó la secuencia histórica de la que alguien dice se puede concluir que dieron la orden de disparar. John Paul Filo, estudiante de fotoperiodismo, también capturó visualmente un doloroso instante con su cámara Nikkormat, lo que le valió reconocimiento mundial con un Premio Pulitzer.La revista Time concluyó que "triggers were not pulled accidentally at Kent State".
Los hechos en Kent, detonaron el fervor estudiantil en todos los Estados Unidos. Cuatro millones de estudiantes se unieron a las protestas y novecientas universidades cerraron sus campus. Ese fue el saldo. La injusticia tiene siempre ese efecto de dominó.
La experiencia de la Universidad de Kent presenta congruencias extrapolables con la huelga de nuestros Universitarios. Obviamente no en todo. Ayer, como hoy, se protesta por la injusticia. Hoy, como ayer, se les tilda de comunistas y delincuentes. Ayer y hoy, era y es necesario encender un debate público. Ayer, en los 70, había una guerra muy injusta. Hoy, en nuestro país, estamos en guerra con nosotros mismos por desazón e injusticias. Ayer y hoy, son los estudiantes -con ese idealismo visceral- quienes nos recuerdan que hay que corregir las infamias. Hoy y ayer, se les azuza con cuerpos paramilitares o soldados de carrera. Ayer ni hoy tampoco a los estudiantes “le asustan las balas ni el ladrar de la jauría.”
Sin embargo, contrario a ayer, todos estamos viendo. Todos estamos escuchando. No hay una sola voz oficial que nos engatuse con medias verdades. Hoy, los estudiantes de comunicaciones, con muchos más recursos que sus pares de la Universidad de Kent ayer, han mantenido sus manifestaciones, consignas y razones al alcance de todos, a través de medios que también se convierten en vigilantes. Solo esperemos que a ningún ex universitario -de los que asesoran en materia de educación y seguridad- les de las infames ganas de que se calen las bayonetas. Intuyo que la paciencia del país no está para eso.
sábado, 22 de mayo de 2010
En un lugar cualquiera, aquí o en otra latitud, hay santiamenes que quisiera yo robárselos al tiempo. El instante irrepetible que se fuga después de una mirada. Un paisaje, una persona, una situación. Sobre todo si tiene un soplo de belleza. Apoderarme de ese momento, sisárselo a la vida.La mujer de la foto parecía tener todo el tiempo del mundo. Era como una de esas estatuas que declaran perfección. Solo que con otra moda y en otra pose. La observé detenidamente. Su nariz perfectamente perfilada. Su piel clara. Su cabello rojo. Tomaba una botella de agua gaseosa “Perrier”. Lucía vaqueros y leía una revista. Nada a su alrededor la perturbaba. Era ella en su espacio y su estación. Nunca imaginó que aquel instante, en el que seguramente se sentía en paz y hacía exactamente lo que le venía en gana, perduraría en una memoria tangible, en un soporte al que solo le faltaría su alma.
domingo, 16 de mayo de 2010
Asi es...
Con sombrero bombín y una casaca camuflada, ese que apodan “el flaco” lanzó una granada de canciones a un público sobrecogido ante su cantautor favorito. No es espectacular este señor, espectaculares son sus letras. Espectacular es el modo de contagiar sus ideas entre acólitos que encuentran verdades en sus coplas. Joaquín Sabina es un trovador que desguaza protocolos en sus composiciones. Arroja verdades sin necesidad de subterfugios y convenciones. Himnos para inconformes que levantan su bandera en cada geografía. Sabina lo sabe y sabe más todavía. Sabina sabe que su obra es correspondiente con su vida y viceversa; obra y vida son la misma cosa, una vez se conoce en qué zaguanes ha pululado. Conspirador, comunista, coautor y fugitivo. Exiliado, mujeriego y sibarita. Hasta las cosas innombrables le son de conformidad. De ahí la savia en sus letras. Ha vivido y dejado vivir. Y lo canta a los cuatro vientos.
martes, 11 de mayo de 2010
domingo, 9 de mayo de 2010
Arcangeles y Trenes
Daniel 10:13
La Biblia Reina Valera. Edición 1960
Montserrat parecería una obra magistral de Gaudí si no fuera porque su autor es Otro. Los iniciados que pongan pie en su geografía comprenderán lo que digo. Por cincuenta kilómetros desde Barcelona, atrechados en un cómodo recorrido de una hora en ferrocarril, llega uno a esta prominencia mística. Sus rocas parecen columnas forjadas en el cielo, donde quiera que éste quede.
No imagina uno el lugar hasta que se llega a él. Su formación peñascosa parece un escenario construido a la medida de la fe. Sus farallones son milagros de la naturaleza y sus ermitas y veredas, tenacidad de hombres.
Entre rocas inmensas, la montaña ampara una abadía benedictina centenaria. Pero el esoterismo de este promontorio tiene otros entronques, que no se limita exclusivamente a la Orden de Benedicto y al monacato. Por ejemplo, antes que ellos los lugareños ya creían en “la Moreneta”, o Virgen de Montserrat, una María negra que –según me cuentan- niños pastores encontraron en esta montaña en el 880. Leyó bien: hace mil ciento treinta años. Se dice que cátaros y druidas también anduvieron por acá.
En el monasterio hay un coro de niños que entona desde sus orígenes, allá por el siglo XIII, lo que convierte a Montserrat en la escuela de canto más longeva de Occidente. Tiene un museo con piezas antiquísimas en oro y otras riquezas. Acá el culto a la oración y la contemplación es una forma de vida. También, hay espacio para otras cosas, curiosamente, como el senderismo y los peregrinajes. Es un santuario como uno imaginó: entre escarpadas montañas que están lejos de todo y cerca de nada y al que se acude a guisa de sacrificio y devoción. En otros tiempos claro. Ahora, solo hay que querer ir.
Cuando uno termina la visita desciende del monte como se llegó: en funicular o tren de cremallera.
Mi transporte partía de regreso a Barcelona a las 17:40 (5:40 PM). Sentando en el andén desde las cinco, y faltando un mundo para la llegada de mi tren, comencé contemplar el espacio en el que estaba.
Había silencio y la temperatura era fresca, casi fría. Entonces volteé mi cabeza hacia la derecha y allí estaba el cartelón: “El Rincón”. Algo así como un anuncio de cafetín que insinúa astutamente “ahora o nunca”. Advertencia por lo bajo de que esa última copa de vino te la pudiste tomar allí, pero una vez inicias la marcha en tren, es demasiado tarde.
Un negocito "a la vera" de los rieles del ferrocarril, es El Rincón. A las cinco y cinco de la tarde llegan voces a la desolada estación. Un argentino con su madre conversaba de lo bien que la habían pasado. De lo importante de llegar al andén a tiempo y nunca perder el tren. “El Rincón” seguía llamándome. Dudé.
5:10 “Y si pierdo el tren por distraerme” me dije.
5:12 “Pero quizás, con las cámaras y el abrigo se me hace imposible correr desde el establecimiento al vagón. Entonces perderé el tren.”
5:15 “No. Debo montar guardia por el tren. Si pierdo el tren, caerá la noche y estoy en este lugar más cerca del cielo que de Barcelona. Y en el cielo, muy pocos me conocen. Mejor no me muevo. No quiero perder el tren”
5:18 “ Por favor, sírvame una copa de vino tinto. Si Ribera del Duero, mejor. Gracias”
Tomé mis dos cámaras, el bulto y el abrigo. Camine por una senda de setos vivos. Un caballero de suéter rojo degustaba un trago y fumaba pipa sentado en un banco hecho de finas cañitas como bambúes, bajo una frondosa hiedra de majestuoso tronco, que servía de sombra y techo. Le separaba del mostrador una mesa y bastante espacio como para caminar entre ambos puestos. Al fondo, en una mesa al aire libre, dos parejas con dos chicos reían y discutían amistosamente, con acento aguardentoso, quién tenía el privilegio de pagar la cuenta.
-“Esas cámaras deben ser costosas”- dijo el hombre del suéter rojo.
-“mmm, bueno, no si se disfrutan.” Contesté luego de sorber mi copa de vino purpura profundo.
- “Claro”- dijo mi interlocutor con una sonrisa relajada.
5:32 -“Al anden! Apúrate que llegará el tren, no estarás listo y sabrá dios que pasará
con tu vida”-
5:33 -“Otra copa de vino por favor. Del mismo”-
-“¿Va a comer usted? Que aquí cocinan de todo y hacen una paella”- expresa el fumador de pipa.
- “No tengo tiempo, aguardo el tren de las 5 y 40 y como ve, ya casi llega. Voy a Barcelona”. Dije con alguna resignación y un tonito de angustia.
-“Yo también voy a Barcelona pero me voy en el de las seis o en el de la siete. Pasan cada hora”-
-“En ese caso, creo que me quedaré a comer”- dije relajado, con una sonrisa de amigo. El fumador de pipa asintió como muestra de hospitalidad genuina. Luego de las introducciones de rigor supe que se llamaba Francisco y que había vivido en Montserrat por mucho tiempo, desde chico. Que fue chofer de autobús y ya se había jubilado. Vivía ahora en Barcelona; y que cada vez que podía -como ese sábado diez de abril de 2010- se llegaba hasta El Rincón para ver viejos amigos o sentirse en casa. Para sentir la espiritualidad del lugar en el que por tanto tiempo vivió. Me invitó un vino. Yo le reciproqué con el trago de su predilección: ginebra con zumo de naranja. Recordó como despertaba con las campanas del monasterio. Identificó la intensidad que palpita en mi fuero y quizás mucho más que eso. Terminamos amigos. Cuando me levanté para irme, me dijo:
- “Te voy a regalar algo. No soy religioso, pero si soy muy espiritual”- Extrajo de su billetera una pequeña estampa.
-“Esto te lo doy, no para que creas en él, sino como un símbolo, para que te acompañe.”-
La estampa es de San Miguel Arcángel. Al dorso de la estampa una oración inicia “Arcángel San Miguel, defiéndenos en la lucha…
Quien visita Montserrat… termina creyente.
viernes, 7 de mayo de 2010
Escucho las Aguas de Marzo de Antonio Carlos Jobim. Parecería que estuviera escuchando un himno. Su melodía hechizante discurre precisamente como lo haría el agua en un arroyo. Cierro los ojos y la siento. Particularmente la versión de Elis Regina. Traducir su letra al castellano desluciría la pieza, y robaría todo su sentido. Es en portugués que la canción es una joya. Tanto así, que en el 2000 fue escogida como la pieza musical brasilera más bella jamás compuesta. No es una historia esta canción. Es un afluente de imágenes narradas al son de un bossa nova exquisito. Y aún asi, no es difícil tejer en la imaginacion una historia por cada una de sus imágenes. De ahí, a mi juicio, su encanto. Salud.
miércoles, 5 de mayo de 2010
Alejandro y Diógenes
En un salón ensombrecido, que abundan en el Museo del Louvre, hay una pieza de particular fascinación. Se llama Alejandro Magno y Diógenes. Pierre Puget, su autor, demoró dieciocho años en realizar la obra en mármol de Carraca, entre el 1671 al 1689. El relieve se hizo a encargo de Luis XIV, monarca de Francia.
Es un relieve de proporciones imponentes: más de tres metros de altura y su anchura otros tantos. La pieza representa un instante de esos que quizás solo sucede en las tradiciones que van de boca en boca. Diógenes de Sinope era un filósofo de la Escuela Cínica y Alejandro Magno el militar macedonio más famoso de la historia.
Se distingue Diógenes por su absoluta renuncia a los bienes materiales y los convencionalismos sociales. De ahí, la menesterosa apariencia que reconstruye del filósofo Puget, en una escena, en ocasión de estar Diógenes ante la presencia de Alejandro, vencedor de Grecia, quien a su vez está rodeado de su alto mando. Tal parece que Diógenes le estuviera pidiendo algo al celebérrimo conquistador. Dicta la tradición que la conversación recreada en la obra de Puget fue, más o menos, la siguiente:
-“Yo soy Alejandro Magno”- dice el guerrero.
-“Y yo Diógenes el cínico”- responde el filósofo.
- “¿Qué puedo concederte?”- preguntó Alejandro. Diógenes contesta:
– “¿Puedes apartarte para no quitarme la luz del sol? No necesito nada más”
Sorprendido por la seguridad y dominio del filósofo el emperador replicó:
-“Si yo no fuera Alejandro, querría ser Diógenes”- a lo que éste le contestó:
-“Si yo no fuera Diógenes, querría ser Diógenes”-
Otro relato que llama la atención sobre el carácter de Diógenes de Sinope refiere el momento en el que se encuentra con Aristipo, filósofo de escuela opuesta, y quien podía vivir cómodamente a costa de adular al rey. Diógenes consumía un plato de lentejas. Aristipo le dice:
-“Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas”- a lo que el cínico contesta:
-“Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey”-