sábado, 28 de enero de 2012

El derecho a elegir

Entre las creencias que con mayor apego celebramos nuestro sistema de vida, está esa sensación de que elegimos, de que tenemos opciones de escoger lo que es mejor para nosotros.
Salimos de un hospital envueltos en delicadas sabanitas de algodón y poliéster. Nos alimentan con fórmulas porqué mamar, aunque es una opción, no es de buena apariencia y entonces nos guardan en cómodos y asépticos pisos, al arrullo de un televisor. Ese televisor, que más que un aparato es una ventana a un pequeñísimo segmento mundo,  nos tararea la vida como a alguien alguna vez se le ocurrió. No somos nosotros ni nuestros padres quienes seleccionan o eligen lo que por la ventana electrónica escuchamos y aprendemos. Y para cuando ya en efecto pudiéramos hacerlo, estamos tan acostumbrados al paisaje que no nos interesa cambiarlo.
Luego,  casi sin remedio, llega el momento que nos hará “libres” por siempre: nuestro primer día de clases. El desarraigo del calor del hogar donde, muy bien pudiera ser cierto, somos los consentidos únicos y especiales. Y entonces, entre pares uniformados semejantes a los frutos de un huerto sembrado de repollos, vamos aprendiendo la cartilla fonética, las primeras letras, nuevas figuras de autoridad, tecnologías, juegos, muchas mentiras, sutiles diferencias aparentes -o por apariencia, que no es lo mismo- y por supuesto, desconocidas pocas vergüenzas  sobre las que escucharemos el reproche “¿pero de dónde este niño habrá sacado eso?”.
La gran mayoría, el 99 por ciento, irá a las escuelas masificadas. Esas donde hay un patio en caos hasta que suena un timbre. Y luego, pastoreados como  rebaño, entraremos en las celdas –o salones de clases, como usted prefiera- subordinados a una pizarra y una tiza y al sujeto que la sujeta. Allí, continuaremos el periplo a la ciudadanía, al urbanismo.
Nos enseñaran los grandes hitos de la historia: Colón descubrió América. Washington nunca dijo una mentira. En el Siglo XIX se abolió la esclavitud. Y para aquellos que estudiamos en un colegio religioso, particularmente católico, nos enseñarán lo abominable de la masturbación.  ¿Alguien recuerda quien escogió la escuela, los maestros o las materias?
Las matemáticas nos las introducirán con rezago.  Y el rezago nos acompañará por el resto de nuestras vidas. Pero vamos, es, simplemente, nuestra propia elección.
Nos dirán que hay un orden sucesivo en la enseñanza. Elemental, intermedia y superior.  Y luego la universidad. Esta última empeñada en enseñarnos algún oficio que pueda servir al dueño de un negocio, de una empresa, de una multinacional que nos garantizará un emolumento semanal o quincenal.  Al gobierno no prefiero tocarlo por ahora, porque eso… es otra vida.
Entre tanto, ¿se acuerdan de aquella ventana desde donde nos arrullaban con las bellas canciones de Colgate y Palmolive? A través de ella habremos visto inconmensurables horas de información sobre cómo funciona el mundo: el fondillo mas apetecible, la cerveza más fría, el wiski que nos hace más interesantes, el automóvil que maneja el triunfador, el reloj de los que saben que el tiempo es oro, el perfume más irresistible, el hombre idóneo para comandar el destino, el refresco que es la chispa de la vida, el aceite más saludable, la pastilla que lo cura todo menos los efectos secundarios, el galán del momento, la princesita más deseada, la arpía más odiada, los cauchos que mejor ruedan sobre mojado, el par de senos más ansiado, el candidato más honesto, el político más execrable, el destino más anhelado, la oferta irresistible del momento, el regalo ideal para mamá, el obsequio que papá nunca olvidará, el enemigo público número uno, las pantaletas con la mayor capacidad de seducir, la joya más codiciada, la residencia más exclusiva, el oxímoron del banco más amigo, la Miss que mas desea la paz y amor para el mundo, la serie mundial donde solo juega un país, alguna que otra guerra preventiva.
Iremos a nuestra oficina, taller o trinchera a sudar nuevamente por las horas que nos toque. Intercambiaremos  toda la información suministrada y adquirida la noche anterior. Pasaremos revista sobre nuestros pares y utilizaremos como referencia todo lo aprendido. Juzgaremos al mundo. Luego, entrada la tarde, o la noche o la madrugada, según sea el caso, regresaremos a nuestro techo. El de la “urbanización exclusiva” cuya hipoteca se prolonga más de lo que originalmente creímos, y cuya tasación nos revela que todo ha sido un gran timo.
 Y podremos sentarnos frente al televisor, una vez más, convencidos de que cuando adquirimos la nueva y más reciente pantalla ultra plana de alta definición, tuvimos, reclamamos y ejercimos  el supremo derecho a elegir.

martes, 24 de enero de 2012

El Discurso del Representante

Es una línea casi imperceptible en la película “The King’s Speech”. El dialogo ocurre entre Collin Firth, que caracteriza al rey Jorge VI, y Guy Pearse que interpreta al hermano mayor y primero en la línea de sucesión al trono de Reino Unido, Eduardo VIII. Uno de esos asuntos dignos de la revista Hola.


En la escena los hermanos regresan de las alacenas reales, algo así como una mazmorra subterránea repleta de espiritosas y sabrá dios cuantas otras exquisiteces; Edward con una botella de champaña y Jorge con una gran preocupación. El diálogo de ambos implica las obligaciones, el deber, las solemnidades, las apariencias, ritos y el honor que provienen de la institución real. Edward no tiene otra opción sino la de ser Rey. El otro, tartamudo, solo sabe que si los protocolos siguen la corriente, le besará la mano a su hermano por el resto de sus días en eterna genuflexión, aunque no merezca la corona. Uno cuestiona la ligereza al otro. Y cuando el heredero del trono reclama y el otro le contesta, se hablan así:

“King Edward VIII: Don't I have any rights?
King George VI: Many privileges.
King Edward VIII: Not the same thing.

Lo que me trae hasta este otro reino. El de Borikén. Y ante aquellas personas que por ser electas en la política del patio pasan a formar parte de una suerte de realeza criolla. Una casta social que, con contadas excepciones, una vez electos se acostumbran a la rimbombancia del poder, y se disocian del pueblo porque no entienden la naturaleza de los conceptos mandatario y poderdante. Pronto olvidan que el pueblo les confió la oportunidad de hacer un trabajo, y la persona debería sentirse halagada y obligada a responder con lo mejor de sus capacidades.

Lo que me lleva a comentar sobre todos esos políticos que por alguna razón parecen inmunes al reclamo. Que se conciben idóneos por el mero hecho de estar en el juego. Y que cuando se les insta a que cumplan con mínimos porque, no faltaba más, de ellos se espera el mejor ejemplo, relinchan como el caballo abacorado que no entiende razón.

No entienden que dentro de tanta estrechez y miseria, son los primeros en ser llamados a dar el ejemplo. Que cuando se habla de medicina amarga, no basta con pronunciarlo sino demostrar que el ejemplo comienza antes, durante y después del puesto o el escaño.

No me refiero a que se flagelen por la salvación. Las dietas, el vehículo, la seguridad, las comidas, el poder, los contactos, las oportunidades, las colectas y todo lo que viene con ese puesto por el que prometieron y dieron su palabra de bienhechor, debiera ser suficiente disuasivo para que se comporten a la talla de lo que de ellos se espera. Me refiero a que tengan la decencia de reconocer el privilegiado asiento en el que se encuentran y por ende la seria responsabilidad que se les delega con ello.

Pero no. No sucede así en este trópico parasitario. Cuando los cuestionamos, hacen contubernios entre sus pares.

Lo que me lleva irremediablemente al representante Rivera Guerra. Por solo mentar a uno de ellos. Rivera Guerra es químico de profesión, y por lo tanto, podemos imaginarnos que si entiende la química puede entender un proceso de solicitar permisos; tampoco debe ser difícil para él informar la existencia de sus propiedades para el cómputo de sus obligaciones tributarias.

Es además representante desde hace una década, lo que lo tiene que haber familiarizado con los procesos, métodos y políticas públicas del país. Ha participado en la aprobación de distintas leyes que inciden en su particular situación. Y gana lo suficiente como para pagarle a alguien para poner sus asuntos en orden. Tiene el privilegio de tomar el teléfono (pago por el pueblo), llamar, y seguramente no tendrá, ni él ni su agente, que hacer una fila. No tendrá que ir en autobús o en tren, ni siquiera a pie. Podrá hacerlo en el automóvil con el tanque lleno que le paga el pueblo. Tal vez, luego de media hora de trámite podrá regresar a su auto, estratégicamente aparcado frente a la puerta de la agencia, encendido, con el acondicionador de aire a todo dar, para mantener la carlinga del vehículo en una temperatura agradable.

Rivera Guerra representa a una casta que no se da por aludida cuando venimos diciendo que las cosas están mal. Es parte de una clase que con rapacidad se sirve de los bienes del gobierno socolor de legitimidad. Y cuando le señalamos su irresponsabilidad, olvida todos sus privilegios, y solo se le ocurre decir con un tartamudeo existencial: “Pero, acaso yo no tengo derechos?”



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martes, 10 de enero de 2012

Obras inconclusas....


 
Al lado de mi cama amparo un librito que raya en folleto de lo flaco que va. Sus páginas son de un desgastado marrón claro, y al tacto da una sensación granosa. Como si predijera que un buen día de estos, más que un libro, será un obituario de papel.

El nombre del autor está impreso en una tipografía mucho más grande que el título de la obra. Lo que me hace pensar en  Lakhdar Boumediene.*

El 19 de octubre de 2001, Boumediene, argelino de nacimiento pero naturalizado ciudadano bosnio, se presentó a su trabajo en la Sociedad de la Media Luna Roja, homóloga de la Cruz Roja en propósito y servicio. A su llegada le recibió un agente de inteligencia (el oxímoron clásico).  Fue arrestado por presuntamente planear la colocación de un explosivo en la embajada norteamericana. Las autoridades judiciales  bosnias determinaron que no existía base para la detención y ordenaron su liberación. Al instante de ser liberado Boumediene fue raptado por agentes norteamericanos y transportado a Guantánamo.  

Entonces pasó siete años en el averno. Sus hijas apenas gateaban para esa fecha. Ya no las pudo ver más. No las vio crecer. No jugó con ellas. No escuchó sus risas ni sus llantos. No pudo acariciarlas o consolarlas. Y cuando alguna carta de ellas podía leer, era luego de haber sido censurada con una cuidadosa cirugía para extraer cualquier resuello de amor.  Su familia empobreció. Y el mundo con ella. A pesar de hoy estar libre, Boumediene solo quiere olvidar, aunque tiene razones muy fuertes para no poder hacerlo.

Para esta fecha, Guantánamo, si la palabra del Sr. Barak Obama fuera buena, debería haber dejado de existir. Pero en estos días el infame centro de detencion cumple diez años y mantiene como “inquilinos” a 171 prisioneros. Detenidos en un limbo, sin juicio. 

Curiosamente –el 31 de diciembre- el presidente de los Estados Unidos firmó una ley que autoriza al gobierno detener por tiempo indeterminado y sin juicio a ciudadanos estadounidenses para interrogatorios y procesamiento.

El autor del libro que mantengo en mi mesa de noche es Frank Kafka. 

“Alguien tenía que haber calumniado a Josef K pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo”  Así comienza su obra El Proceso. Kafka nunca terminó de escribirla.



* http://www.nytimes.com/2012/01/08/opinion/sunday/my-guantanamo-nightmare.html?_r=1&ref=lakhdarboumediene

sábado, 31 de diciembre de 2011

Felices Resoluciones.


Aun entre barahúnda y celebraciones hay espacios en estos días para considerar resoluciones. Y entre gente que conozco hay quienes se plantean una pléyade de nimiedades. Como si al primero de enero hubiese un borrón y cuenta nueva, para iniciar nuevas estupideces. Bueno, al menos es algo. Al menos es una ilusión de cambio, y a veces las ilusiones no son una extravagancia inalcanzable.  
Pero qué tal si las resoluciones no fueran particulares. No fueran tan egoístas, por decirles de algún modo.  Que tal si las resoluciones, por su contenido, fueran de por si una determinada posibilidad de vida; un cambio, no para unos pocos, sino para la inmensa mayoría.
No digamos empero que se trate de alcanzar la igualdad que nos endilgan los tratados políticos, acaso exigencias de mayor justicia. Me refiero a cambios decorosos para los que quizás no tengo la palabra precisa. Pero el que yo no tenga esa palabra exacta que tanto anhelo (ya antes he dicho que se escapan y se esconden) no quiere decir que otros no puedan esclarecer los misterios de unas verdaderas resoluciones, denominándolas correctamente en episodios de real inspiración divina. Como lo hace, por ejemplo, Eduardo Galeano.
Feliz Nuevo Año   

martes, 27 de diciembre de 2011

Mi amigo Manny.

Manny y su nieta Alyssa

Platicaba con mi amigo de la infancia, Manny Guevara, a quien siempre distinguí por contar con una inteligencia natural y muy buena determinación para lo que le gustara. Nadie sino él supo dirigir su inteligencia y sus impaciencias. Inquieto de adolescente, sin proponérselo, anduvo por toda suerte de escollos. Confieso que le acompañe en varios de ellos, como si fuéramos dos cachorros. Un buen día Manny desapareció. Emigró, adolescente todavía, primero a Nueva York y luego solo el destino supo a dónde.
Un buen día apareció. Luego de más de dieciséis años desde que partió. El me encontró. De algún modo  supo cómo hallarme. Es obvio que alguien que te tiene como amigo, verdadero amigo me refiero, hace cualquier cosa por encontrarte cuando tiene deseos de hacerlo. Manny, como antes dije, es un hombre inteligente y determinado. Para encontrarme solo tuvo que proponérselo. 
“Mira miiijo” fue lo que escuché al otro lado del auricular para transportarme a mi adolescencia. Aquella voz callosa no había cambiado. Y mucho menos su carcajada gutural. Teníamos treinta y tres años en ese entonces. 
Me dijo que andaba  de visita en Puerto Rico. Que se había casado. Que tenía dos niños. Celebraría el cumpleaños de uno de ellos y deseaba invitarme junto a mi familia a la celebración. Ese reencuentro fue feliz. Conversamos de algunas cosas que por confiadas prefiero no compartir. Conocí a su esposa y a sus chicos. El conoció a los míos. Vi a su señora madre y su esposo. En fin, como suelen ser los encuentros de viejos amigos luego de dieciséis años. Entonces desapareció de nuevo. Esta vez a buscar fortuna en la construcción luego de que un huracán devastara el estado de la Florida. 
De eso ya van diecisiete años. Hasta hoy, cuando por magia de la tecnología volví a saber de él. Un mensaje de texto preguntó mi número telefónico a través de esa ventana a la imprudencia que es Facebook.  Era Manny. Le dije que mi teléfono era el mismo e instantes después mi móvil sonó. Al contestar volví a escuchar su inconfundible saludo seguido de una carcajada que conozco muy bien. Su español lucía los estragos de la falta de práctica.
Ya peinamos canas y alguno que otro cabello en lugares que antes eran lampiños. Ahora es abuelo. Y como si nos contáramos qué habíamos hecho durante un fin de semana cualquiera, nos pusimos al día de los más de tres lustros sucedidos.
Platicamos de cómo discurren las cosas allá en su domicilio y acá en el mío. Repasamos los cambios que han ocurrido en el mundo y cómo también cambiaron las reacciones de las personas. Comparábamos sucesos y situaciones.  Y luego de una conversación larga que nos debíamos, descubrí porqué Manny y yo hemos podido ser amigos, a pesar de las distancias y el tiempo. Coincidimos y la experiencia prácticamente nos ha llevado, como en aquel inconsciente colectivo que proclamaba Carl Gustav Jung, a entender la vida de un modo muy parecido.
Atrás han ido quedando las lealtades incondicionales. Sabemos ahora que el respeto y el amor se ganan a través de un proceso consistente y consciente. Hemos aprendido que la gratitud es importante. Que la familia vale la pena y es lo que más cerca tenemos, aunque se cimenta en los mismos principios de cualquier otra relación. Aprendimos también que en el periplo de la vida hay muchas injerencias que manipulan e intentan extraer de nosotros la chispa que nos permite disfrutar de la vida, al hipotecar nuestro espíritu a expectativas y necesidades que son ilusorias. 
Conversamos de cómo se ha homogenizado la subsistencia. De que la educación y la instrucción carecen de una estructura que le permita a cada quien realizarse hasta su potencial máximo. Y de cómo el gobierno disfrazado de bienhechor muchas veces establece los fundamentos de nuestros grandes problemas, por su falta de honestidad principalmente.
Si, Manny siempre fue hombre libre. Inquieto y decidido. Lo mejor de todo es que a estas alturas de la vida sabe precisamente como ocuparse y hacer las cosas que verdaderamente importan.  
“Mira miiiijo” sonaba bien cuando teníamos quince años. Y ahora a los cincuenta, cuando me doy cuenta de nuestra conexión, el saludo de Manny se escucha mucho mejor.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Chicken a la Carte...Una inconveniente y dolorosa realidad







Caminaba por el espacio cibernético y me tope con este excelente portal que vale la pena preservar. Se llama cultureunplug.com… está lleno de sorpresas como Chicken a la Carte…



viernes, 23 de diciembre de 2011

"Y una palabra tuya..."


Lo más bello -y terrible-  de las palabras, es la exegética en que nos sumergen. Bien  para escondernos y protegernos con ellas, o para llevar una ofensiva rapaz donde el vocablo misericordia quede al rescoldo.
Con las palabras hacemos nuestras promesas y con nuestras acciones las borramos. Pero no desaparecen del todo, porque el eco  de una promesa platicada es como un camafeo en el pecho.  Con las palabras asumimos compromisos metafísicos, y con nuestras dudas los postergamos. Si tan solo conociéramos el espíritu de las palabras, más que saber usarlas, aprenderíamos cuándo exactamente pronunciarlas. O escribirlas.

Personalmente ando en guerra con las palabras. A veces impiden que las agarre. A veces huyen o se esconden. Y entonces me quedo mudo. Y ni el tacto puede ya suplantar el efecto de la palabra oportuna. Esa que deseas escuchar con todas, digo todas, las fuerzas de tu corazón. Esa palabra vaporosa que va por el espacio hasta los oídos de otro. De ahí que la peor tragedia de las palabras es aguardar por ellas en el andén del destino para irnos a un viaje feliz.

Interpretar la palabra puede tomar una vida. Por eso permanecen satelitalmente, como la luna,  a veces plena y otras veces a oscuras.  Para mí son de mayor preocupación  cuando así orbitan. Las escuchaste una vez y no se marchan. Su reverberación es un estímulo. Vibran. La tomas con un lápiz; la escribes en el ordenador; la extraes de una canción, de un recuerdo; las pronuncias con una lentitud gustativa, saboreando cada sílaba como si fuera un fino chocolate que en un instante se vuelve amargo. Y no puedes hacer nada porque orbita. Y aprendes a tenerla de vecina, de acompañante. La amas, pero otros días la detestas porque cuando quisieras que se marchase permanece.  Como un tatuaje. Es ahí cuando la palabra se torna más difícil. Porque no la entiendes. Preferirías entonces no haberla escuchado jamás, aunque intuyas que la vas a extrañar.

domingo, 18 de diciembre de 2011

y paz en la tierra


Terminó la guerra de Irak. Con ese designio parecería que el Sr. Obama extiende un recibo de borrón y cuenta nueva sobre una de las guerras de mayor inmoralidad. Todavía resta Afganistán y la tentativa en Irán. Yo diría que esto apenas comienza.
Todo el aparato de comunicaciones convencional repite que la guerra llegó a su fin. Parece un epitafio. Pero lejos esta de terminar el rastro de dolor y sufrimiento; las injusticias y los reclamos. Se alega que un millón de iraquíes murieron a consecuencia de la ocupación. La infraestructura está destruida y los nuevos interinatos no parecen ser muy democráticos que digamos. Las huellas de una guerra no solo quedan en el concreto y las latas derruidas.  Mancos, cojos, tuertos, huérfanos y sicóticos quizás nos lo pueden explicar mejor.
Si continuamos  creyendo que estamos en paz, un día la guerra  tocará a nuestras puertas.  Solo entonces sabremos que para quienes vivieron en una, la guerra rara vez termina.
http://www.guardian.co.uk/world/video/2010/oct/23/iraq-war-logs-torture-frago242

jueves, 15 de diciembre de 2011

Memoria


De memoria identificamos lo cotidiano como cuando una lámpara nos revela el mundo. El rostro, el árbol, la calle, el hermano, al amigo, nuestros hijos: sabemos lo que son porque antes ya les hemos conocido haciéndolos nuestro de distintos modos.
Los sentidos, cómplices con la retentiva, programan nuestra aceptación y el reconocimiento de las cosas. La memoria es luz.
Y el cauce de la vida nos permite aprovechar ese fulgor para tantas cosas. La cotidianidad no sería lo que es sin la memoria. Con ella reforzamos nuestra experiencia, y vivimos. Reconocemos un presente esplendoroso, o quizás, mejores recuerdos que un ahora.

Pero un buen día esa lámpara refulgente  inicia su desgano mansamente. La ineludible evolución no se fija en nosotros. Rebasa nuestro presente con sutileza y subterfugio. Tal vez se apiade de otros en un futuro. Y en una fecha imprevista hallamos la neblina. Leguas de tiempo se interponen y avasallan los sentidos. Caminamos a tientas. La luz se extingue y con ella la memoria. Entonces ya ni siquiera reconocemos las tinieblas. 
Como cuando no encuentras las llaves. O como cuando las rutas de antes son irreconocibles. Como cuando olvidas las tres comidas diarias, o las que sean. O como cuando tus hijos ya no son los tuyos. 
En tus ojos sigue habiendo ventanas,  pero ya no son las del alma. Se ha extinguido el paisaje porque todo lo que antes conocías te es extraño.

martes, 6 de diciembre de 2011

C


Si la nombremancia realmente fuera cierta, ya me gustaría que C. pudiera redimir todo lo bueno que haya en el ingénito destino que proclama su nombre.  Pero no soy supersticioso. Más creo en un viejo adagio que conozco y me alarma cada vez que lo repaso: el carácter… es el destino.
C. es uno de esos jóvenes para quienes las oportunidades ya fueron cobradas y saldadas. Tarde llegó a la repartición. Como muchos de nuestros jóvenes que no quieren hacer la fila, -porque es lo único que les ha tocado hacer desde que nacieron-  C. intentó adentrarse a la corriente económica que impera de una manera expedita. No creo que ninguna otra persona, que no fuera su progenitora, haya tenido el deseo de atenderle primero a él.
En su correr abreviado se topó de frente con la ley y todo lo que ello significa. La acusación dice que se le incautaron 31.00 dólares al momento de su arresto. El inciste que le robaron $240.00, y no tengo por qué no creerle.

¿Quién no se equivoca?, sobre todo cuando la disparidad infinita acusa hacia una triste probabilidad estadística. Educación: Cuarto Año. Oficio Albañilería. Edad; demasiada como para quedarse en su hogar tranquilo.  Usuario de sustancias controladas. Ganas terribles de reinventarse. Sin herramientas. Y un caso en corte. Su nombre bien puede ser D. o F.

El asunto es que desearía que su azimut estuviera en otra parte, entre gente más sensible. Entre gente que cuando miran a C., a su rostro, puedan identificarnos a todos. Y se compadecieran.
C. tiene “una oportunidad dorada, un privilegio” de rehabilitarse. En ese orden (fue lo que me llamó la atención). Al menos eso le vende el Estado. Sin herramientas vuelvo e insisto. Y la herramienta puede ser el padre, la madre, el hermano mayor, la tía, el vecino, el pastor, el profesor, el policía que lo arrestó, el alcalde, el doctor. Una sola, o varias en conjunto. Aunque ya sean muy pocas herramientas. A su audiencia para acusar y celebrar juicio C. compareció sin desayunar. Y a las doce del medio día el hambre podía más que la obligación de pararse frente a un juez. O al menos eso dijo el. 

Damos tanto por sentado.  Deberíamos percatarnos de que el carácter de nuestros jóvenes, hay que defenderlo. Nos va el destino en ello.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Sonó, Tite Curet Sonó ♫


     Recuerdo a Don Catalino (Tite) Curet Alonso sentado en cualquier espacio de la Plaza de Armas del Viejo San Juan, frente al ayuntamiento y cerca del Departamento de Estado.  No recuerdo haberlo visto entre palomas, mas siempre le vi con algún contertulio y con un café. Le conocí a través del ritual de la presentación en más de una ocasión.   
        También recuerdo a una amiga, colega en el oficio de la comunicación, que a principios de los años noventa además de estar emparentada con Tite Curet, ya contemplaba la idea de divulgar al mundo la ingente aportación de Tite a nuestra música popular. 
        Cada vez que ví a Don Tite Curet en el Viejo San Juan lo saludaba convencido de que no me recordaría. Lo saludaba porque sí: porque siempre es bueno saludar a la realeza.  Y quizás por esa vieja cortesía de antes, Don Tite siempre correspondía el cumplido.  También vi como se iba poniendo viejo. Aunque a decir verdad, siempre me pareció el mismo… como el Viejo San Juan.
Catalino "Tite" Curet Alonso
Ahora una generación de jóvenes comunicadores, obreros de la cinematografía, ha correspondido a Don Tite con un excelente documento repleto de identidad.  Sin blanqueos ni disimulos lograron descepar la puertorriqueñidad insoslayable de su obra, su contribución y su legado.   Y en la realización que nos han regalado, titulada Sonó, Sonó Tite Curet, no hay espacio para la otredad.  El trabajo es una encarnizada ratificación de lo que somos.  Y de paso, los muchachos de Rojo Chiringa también nos enseñaron que aun si viviéramos en el hielo, encontraríamos cómo calentarnos con nuestra música. Particularmente, con la de Tite Curet.
Hay una composición de Tite para cada uno de nosotros, sin importar vecindarios ni imposturas. Y aunque lo neguemos, estamos en cualquiera de sus canciones, de una u otra manera, pero estamos. Ya sea como Camilo o el mayoral; o como Juan Albañil; o como Concepción; o como cualquiera de las partes de Franqueza Cruel; lo cierto es que alguna canción de Tite nos va como un sayo.  

viernes, 2 de diciembre de 2011


Mis aires de plata, mis ecos en alpargatas;
Rasguñadas van las ganas, de rodillas a la trampa…
Como queriéndose ir mis destinos sobre ancas.
Textiles son mis palabras, sin abrigo en las andanzas.
Y esperando están las flores por una mirada de agua.

martes, 29 de noviembre de 2011

Fronteras y banderas


¿Existirá algún código o una cifra que como designio divino amarre el entendimiento de dos piedras? Tal parecería ser lo que sucede con las protestas alrededor del mundo. Surgen indignados entre beduinos sin alfombras persas; entre proletarios que detectan el grillete invisible de la economía doméstica; y todos los reproches encendidos dentro de distintas fronteras caben bajo una misma bandera. Quien clama por restituir la ley y el orden parece esconder recónditamente una realidad que manifestantes  portuguesas conocen muy bien. Dicen ellas: "Me parece que nuestra vida es más complicada que la de las generaciones anteriores y no tenemos que callar". 

lunes, 28 de noviembre de 2011

Poet Laureate W.S. Merwin: Doing the Impossible by Sarah van Gelder — YES! Magazine

Poet Laureate W.S. Merwin: Doing the Impossible by Sarah van Gelder — YES! Magazine

The Laughing Thrush


O nameless joy of the morning


tumbling upward note by note out of
the night
and the hush of the dark valley
and out of whatever has not been
there

song unquestioning and unbounded
yes this is the place and the one
time
in the whole of before and after
with all of memory waking into it

and the lost visages that hover
around the edge of sleep
constant and clear
and the words that lately have fallen
silent
to surface among the phrases of some future
if there is a future

here is where they all sing the first
daylight
whether or not there is anyone
listening

—W.S. Merwin (Galardonado dos veces con
del premio Pulitzer)

Alguien me preguntó una vez por qué era importante la poesía. Quizas si leyera a Merwin hallaría la respuesta.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Mi amigo y el tiempo

Conozco alguien que no es un viejo amigo ni un amigo viejo;
aunque si la vida discurre generosa, llegaremos a ser ambas cosas.
Por lo pronto, imagínesele gran cofrade.

De caminar pausado y mirada digna,
mi amigo redefine cómo se miden los tiempos.

Este carnal, con las horas y segundos, se bate cuerpo a cuerpo. 
Oficioso y genial como es, de órdago maldice a cronos;
y aunque ofuscado vaya de cuadra en cuadra
es en el desvelo donde siempre cumple.

Que se gane a los momentos eso si le deseo.

Parece una broma
verlo libar rones añejos;
es como amar clepsidras
y a la misma vez, mantenerse en riña con el tiempo...

miércoles, 28 de septiembre de 2011

En la Brecha...

                Vale la pena mirar atrás. Vale la pena recorrer la memoria para encontrar nuestra propia sustancia. Para reconocer lo que más nos complementa. Para no volvernos a equivocar, o para sencillamente repetir la experiencia. Una mañana como hoy se suceden infinidad de memorias. Como un excelso menú en el que distingo desde lo que menos me atrae, hasta lo más exquisito. Hoy añoro sabores de antaño y los aromas que erizaron mi piel. Vistas en la persistencia de mi retina que son retratos vivos, aun si cierro mis ojos. Luego recupero la compostura y miro hacia al frente. ¿Hay futuro hacia adelante, o será otra secuencia de imágenes a priori, cuyas esencias están en el ayer?  Vale la pena mirar atrás y corroborarlo. 
                Es hora de retomar el ánimo.

EN LA BRECHA

José de Diego

¡Ah desgraciado si el dolor te abate,
si el cansancio tus miembros entumece!
Haz como el árbol seco: reverdece
y como el germen enterrado: late.

Resurge, alienta, grita, anda, combate,
vibra, ondula, retruena, resplandece...
Haz como el río con la lluvia: ¡crece!
Y como el mar contra la roca: ¡bate!

De la tormenta al iracundo empuje,
no has de balar, como el cordero triste,
sino rugir, como la fiera ruge.

¡Levántate!, ¡revuélvete!, ¡resiste!
Haz como el toro acorralado: ¡muge!
O como el toro que no muge: ¡embiste!