domingo, 16 de mayo de 2010

Asi es...

Con sombrero bombín y una casaca camuflada, ese que apodan “el flaco” lanzó una granada de canciones a un público sobrecogido ante su cantautor favorito. No es espectacular este señor, espectaculares son sus letras. Espectacular es el modo de contagiar sus ideas entre acólitos que encuentran verdades en sus coplas. Joaquín Sabina es un trovador que desguaza protocolos en sus composiciones. Arroja verdades sin necesidad de subterfugios y convenciones. Himnos para inconformes que levantan su bandera en cada geografía. Sabina lo sabe y sabe más todavía. Sabina sabe que su obra es correspondiente con su vida y viceversa; obra y vida son la misma cosa, una vez se conoce en qué zaguanes ha pululado. Conspirador, comunista, coautor y fugitivo. Exiliado, mujeriego y sibarita. Hasta las cosas innombrables le son de conformidad. De ahí la savia en sus letras. Ha vivido y dejado vivir. Y lo canta a los cuatro vientos.

domingo, 9 de mayo de 2010

Arcangeles y Trenes

...pero he aquí Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme.
Daniel 10:13
La Biblia Reina Valera. Edición 1960

Montserrat parecería una obra magistral de Gaudí si no fuera porque su autor es Otro. Los iniciados que pongan pie en su geografía comprenderán lo que digo. Por cincuenta kilómetros desde Barcelona, atrechados en un cómodo recorrido de una hora en ferrocarril, llega uno a esta prominencia mística. Sus rocas parecen columnas forjadas en el cielo, donde quiera que éste quede.
No imagina uno el lugar hasta que se llega a él. Su formación peñascosa parece un escenario construido a la medida de la fe. Sus farallones son milagros de la naturaleza y sus ermitas y veredas, tenacidad de hombres.
Entre rocas inmensas, la montaña ampara una abadía benedictina centenaria. Pero el esoterismo de este promontorio tiene otros entronques, que no se limita exclusivamente a la Orden de Benedicto y al monacato. Por ejemplo, antes que ellos los lugareños ya creían en “la Moreneta”, o Virgen de Montserrat, una María negra que –según me cuentan- niños pastores encontraron en esta montaña en el 880. Leyó bien: hace mil ciento treinta años. Se dice que cátaros y druidas también anduvieron por acá.
Montserrat es museo, es naturaleza, coro, es basílica, es misticismo. Y también es historia y heroísmo. Uno de sus frailes ermitaño, Bernat Boil, llegó al Nuevo Mundo acompañando a Cristóbal Colón en 1493. Durante las guerras Napoleónicas fue incendiado el monasterio. Y en tiempos revueltos de España, fue Montserrat arquetipo de resistencia catalana contra el fascismo. Se documenta que durante la Guerra Civil Española veintitrés devotos, frailes y curas, murieron durante una persecución religiosa que duró tres años.
En el monasterio hay un coro de niños que entona desde sus orígenes, allá por el siglo XIII, lo que convierte a Montserrat en la escuela de canto más longeva de Occidente. Tiene un museo con piezas antiquísimas en oro y otras riquezas. Acá el culto a la oración y la contemplación es una forma de vida. También, hay espacio para otras cosas, curiosamente, como el senderismo y los peregrinajes. Es un santuario como uno imaginó: entre escarpadas montañas que están lejos de todo y cerca de nada y al que se acude a guisa de sacrificio y devoción. En otros tiempos claro. Ahora, solo hay que querer ir.
Cuando uno termina la visita desciende del monte como se llegó: en funicular o tren de cremallera.
Mi transporte partía de regreso a Barcelona a las 17:40 (5:40 PM). Sentando en el andén desde las cinco, y faltando un mundo para la llegada de mi tren, comencé contemplar el espacio en el que estaba.
Miraba yo hacia la montaña, despidiéndome de su esplendor y magia. El sol, ya comenzaba a echarse no sin antes enviar una homilía de luz. Luz que se colaba entre dos promontorios de la montaña encantada; una luminiscencia definida y afilada como navaja.
Había silencio y la temperatura era fresca, casi fría. Entonces volteé mi cabeza hacia la derecha y allí estaba el cartelón: “El Rincón”. Algo así como un anuncio de cafetín que insinúa astutamente “ahora o nunca”. Advertencia por lo bajo de que esa última copa de vino te la pudiste tomar allí, pero una vez inicias la marcha en tren, es demasiado tarde.

Un negocito "a la vera" de los rieles del ferrocarril, es El Rincón. A las cinco y cinco de la tarde llegan voces a la desolada estación. Un argentino con su madre conversaba de lo bien que la habían pasado. De lo importante de llegar al andén a tiempo y nunca perder el tren. “El Rincón” seguía llamándome. Dudé.
5:10 “Y si pierdo el tren por distraerme” me dije.
5:12 “Pero quizás, con las cámaras y el abrigo se me hace imposible correr desde el establecimiento al vagón. Entonces perderé el tren.”
5:15 “No. Debo montar guardia por el tren. Si pierdo el tren, caerá la noche y estoy en este lugar más cerca del cielo que de Barcelona. Y en el cielo, muy pocos me conocen. Mejor no me muevo. No quiero perder el tren”
5:18 “ Por favor, sírvame una copa de vino tinto. Si Ribera del Duero, mejor. Gracias”

Tomé mis dos cámaras, el bulto y el abrigo. Camine por una senda de setos vivos. Un caballero de suéter rojo degustaba un trago y fumaba pipa sentado en un banco hecho de finas cañitas como bambúes, bajo una frondosa hiedra de majestuoso tronco, que servía de sombra y techo. Le separaba del mostrador una mesa y bastante espacio como para caminar entre ambos puestos. Al fondo, en una mesa al aire libre, dos parejas con dos chicos reían y discutían amistosamente, con acento aguardentoso, quién tenía el privilegio de pagar la cuenta.
Me sirvieron el vino. Frente a mí, como extraído de una película de época, un reloj de bordes rojos, y números romanos, marcaba el paso indefectible del tiempo. Entonces escuche la voz.
-“Esas cámaras deben ser costosas”- dijo el hombre del suéter rojo.
-“mmm, bueno, no si se disfrutan.” Contesté luego de sorber mi copa de vino purpura profundo.
- “Claro”- dijo mi interlocutor con una sonrisa relajada.
5:32 -“Al anden! Apúrate que llegará el tren, no estarás listo y sabrá dios que pasará
con tu vida”-
5:33 -“Otra copa de vino por favor. Del mismo”-


-“¿Va a comer usted? Que aquí cocinan de todo y hacen una paella”- expresa el fumador de pipa.
- “No tengo tiempo, aguardo el tren de las 5 y 40 y como ve, ya casi llega. Voy a Barcelona”. Dije con alguna resignación y un tonito de angustia.
-“Yo también voy a Barcelona pero me voy en el de las seis o en el de la siete. Pasan cada hora”-
-“En ese caso, creo que me quedaré a comer”- dije relajado, con una sonrisa de amigo. El fumador de pipa asintió como muestra de hospitalidad genuina. Luego de las introducciones de rigor supe que se llamaba Francisco y que había vivido en Montserrat por mucho tiempo, desde chico. Que fue chofer de autobús y ya se había jubilado. Vivía ahora en Barcelona; y que cada vez que podía -como ese sábado diez de abril de 2010- se llegaba hasta El Rincón para ver viejos amigos o sentirse en casa. Para sentir la espiritualidad del lugar en el que por tanto tiempo vivió. Me invitó un vino. Yo le reciproqué con el trago de su predilección: ginebra con zumo de naranja. Recordó como despertaba con las campanas del monasterio. Identificó la intensidad que palpita en mi fuero y quizás mucho más que eso. Terminamos amigos. Cuando me levanté para irme, me dijo:
- “Te voy a regalar algo. No soy religioso, pero si soy muy espiritual”- Extrajo de su billetera una pequeña estampa.
-“Esto te lo doy, no para que creas en él, sino como un símbolo, para que te acompañe.”-
La estampa es de San Miguel Arcángel. Al dorso de la estampa una oración inicia “Arcángel San Miguel, defiéndenos en la lucha…
Quien visita Montserrat… termina creyente.

viernes, 7 de mayo de 2010


Escucho las Aguas de Marzo de Antonio Carlos Jobim. Parecería que estuviera escuchando un himno. Su melodía hechizante discurre precisamente como lo haría el agua en un arroyo. Cierro los ojos y la siento. Particularmente la versión de Elis Regina. Traducir su letra al castellano desluciría la pieza, y robaría todo su sentido. Es en portugués que la canción es una joya. Tanto así, que en el 2000 fue escogida como la pieza musical brasilera más bella jamás compuesta. No es una historia esta canción. Es un afluente de imágenes narradas al son de un bossa nova exquisito. Y aún asi, no es difícil tejer en la imaginacion una historia por cada una de sus imágenes. De ahí, a mi juicio, su encanto. Salud.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Alejandro y Diógenes


En un salón ensombrecido, que abundan en el Museo del Louvre, hay una pieza de particular fascinación. Se llama Alejandro Magno y Diógenes. Pierre Puget, su autor, demoró dieciocho años en realizar la obra en mármol de Carraca, entre el 1671 al 1689. El relieve se hizo a encargo de Luis XIV, monarca de Francia.
Es un relieve de proporciones imponentes: más de tres metros de altura y su anchura otros tantos. La pieza representa un instante de esos que quizás solo sucede en las tradiciones que van de boca en boca. Diógenes de Sinope era un filósofo de la Escuela Cínica y Alejandro Magno el militar macedonio más famoso de la historia.
Se distingue Diógenes por su absoluta renuncia a los bienes materiales y los convencionalismos sociales. De ahí, la menesterosa apariencia que reconstruye del filósofo Puget, en una escena, en ocasión de estar Diógenes ante la presencia de Alejandro, vencedor de Grecia, quien a su vez está rodeado de su alto mando. Tal parece que Diógenes le estuviera pidiendo algo al celebérrimo conquistador. Dicta la tradición que la conversación recreada en la obra de Puget fue, más o menos, la siguiente:
-“Yo soy Alejandro Magno”- dice el guerrero.
-“Y yo Diógenes el cínico”- responde el filósofo.
- “¿Qué puedo concederte?”- preguntó Alejandro. Diógenes contesta:
– “¿Puedes apartarte para no quitarme la luz del sol? No necesito nada más”
Sorprendido por la seguridad y dominio del filósofo el emperador replicó:
-“Si yo no fuera Alejandro, querría ser Diógenes”- a lo que éste le contestó:
-“Si yo no fuera Diógenes, querría ser Diógenes”-

Otro relato que llama la atención sobre el carácter de Diógenes de Sinope refiere el momento en el que se encuentra con Aristipo, filósofo de escuela opuesta, y quien podía vivir cómodamente a costa de adular al rey. Diógenes consumía un plato de lentejas. Aristipo le dice:
-“Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas”- a lo que el cínico contesta:
-“Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey”-

Antes...


Creo que estamos edificando la sociedad del desastre. Y no lo digo por pesimismo sino por lo que se vive a diario. No con poco asombro leo que tirotearon un helicóptero. Han herido a dos pasajeros, de los que se recalca son agentes del orden público. Continúo la lectura y encuentro varias otras agresiones de carácter grave contra ciudadanos de distintos géneros. En otro rotativo ojeo que le siguen los pasos a un juez. Y que a un pastor –otro entre el redil universal de religiosos- le imputan haberse propasado con una menor de su feligresía.
Lo de la sociedad del desastre me viene por la realidad de que hay bastante impunidad en esta comunidad en que vivo. No es que estemos libres de pecados. Es sencillamente que la gran mayoría de las personas que realizan una fechoría de cuenta mayor, digamos, esas que rebasan hasta el derecho natural, campean por su respeto en pública desfachatez y ceban su ego ante el relativo éxito de su empresa delictiva.

Sucede muy poco en esto de construir la sociedad soñada. He visto más justicia y solidaridad entre aborígenes descalzos. Y si las referencias van de la mano con la impunidad, como cuentas de mayor a menor se van desgranando los actos que se suman al desorden comunal. Si quien puede lo mucho puede lo poco, entonces es previsible que veamos un incremento deletéreo en nuestras relaciones sociales. Si un asesino sale ileso ante el juicio de sus pares ¿qué no podemos esperar del ratero, del corrupto, del timador, del embustero, o en resumen, del aficionado a delinquir por placer o necesidad? ¿Qué podemos esperar de ese que se asía al poder y desde su cándida investidura institucional –y el poder que acarrea- decide dividirse el “fruto del trabajo del hombre” entre camaradas y privanzas?

Hay quienes nos levantamos cada mañana y no nos queda más remedio que seguir adelante. Que vamos a inmiscuirnos en aquello que nos procura el salario y el respiro. Y en el torbellino de inclemencias, solo podemos detenernos un instante para musitar alguna que otra palabra de inconformidad, como en un tiempo pedido, entre todo el ajetreo que nos queda por delante. Y ahí está la semilla del desastre. Vivimos tan mal, que en el ánimo de encontrar el alivio, diluimos las fuerzas que debiéramos guardar y dispensar para alentar a nuestro vecino, salvar a nuestro amigo, rescatar nuestro país. No pasa nada, decimos. Porque en efecto, eso es lo que sucede. Consumimos la información que poco a poco nos anuncia el naufragio; la echamos a un lado o la comentamos en los cafetines, en el desayuno y la sobremesa, y luego de haberla salivado bastante, la filtramos por la malla de la tolerancia. Entonces nos enajenamos en una fingida privacidad, entre las cuatro paredes de nuestro reino aquí en la tierra, hasta que el impune toca a nuestra puerta. Ahí, intuimos la escalada. Ese día queremos gritar y divulgar la afrenta. Pero la denuncia irá a parar al registro tinto de una imprenta, como exordio de alguna cuartilla periodística o reporte oficial. Y no pasa nada. Será entonces, con amargura en la boca, que desearemos haber hecho algo. Antes

lunes, 3 de mayo de 2010

El dios que no lo sabia todo


La Estación de Ferrocarriles de Chamartin se encuentra al norte de Madrid. Bulle con la presencia de tránsfugas y pasajeros que no se distinguen en eso de llegar a un destino. En Chamartin, (que adopta el nombre del barrio que ocupa) llegan y salen casi sin detenerse, vagones y locomotoras que recorren gran parte del Noreste de Iberia. También converge el Metro, (valga la redundancia)bastante varios metros bajo tierra. Es una telaraña de vías muy bien servida con puntualidad y eficiencia. Desde allí llegaría en viaje nocturno de 7 horas a Barcelona. Pero esa es otra historia.
La que quiero contar tiene que ver con el ejercicio sibarita de recompensarme con un placer (uno o dos realmente).
Verán, cuando uno viaja, debe hacerlo con la ingenuidad de un niño bien educado y la curiosidad de un gato precavido. Debe uno observar todo lo que se puede ver, palpar todo lo que se puede tocar y saborear todo lo que se puede probar. Y digo “puede” con el entendido de que lo que se mire, se toque y se pruebe no nos haga daño al cuerpo ni al espíritu.
Aclarado el punto y de regreso al hedonismo consustancial a un viaje como este, les narro que hubo un instante donde miraba a dos chicas -era posible verlas, inevitable observarlas pero poco probable palparlas- que consumían dos tazas de un espeso y aromático brebaje. Ese -me dije- ya lo veo, me falta palparlo y saborearlo. Fue así como, previa una liviana y respetuosa introduccion, di con una taza humeante, espesa y fragante de chocolate. Me la invitaron Conchita y María José. Yo agradecí genuinamente. Mi tren partía a las once de la noche. Las chicas se marcharon no sin antes cruzar palabras amables. Y ahí estaba yo: dispuesto a observar, palpar y saborear lo que me dejaron aquellas damas. Una taza de viscoso y delicioso chocolate. No sabía el generoso dios maya Kukulkán -quien obsequió el cacao a sus acólitos- que miles de años después, no uno de sus devotos, sino yo, estaría frente a un pocillo ardiente de su aclamado agasajo.

Barajas de Richard







Hace algo más de un mes decidí tomar un avión a Madrid. A un cuarto de siglo de ausencia, no imaginé lo que encontraría. Lo antes visto y leído realmente no se ajustaba a esa realidad fabulosa que estremeció mis sentidos en esta ocasión. En mi primer viaje tenía veinticinco años. Hoy, casi a mis cincuenta, hay mayor agudeza para disfrutar ese país. Mis sentidos se deleitaron con renovado interés por una observación mucho más acuciosa. Eso derivamos del viajar y este caso no fue la excepción. Fue una experiencia que atesoraré hasta el fin de mis días, sin implicar ni por un instante que no regresaré.

El trayecto a España, una vez oculto el sol, equivale a una sinuosa noche de insomnio. El desagravio al trasnoche comienza con la llegada a un aeropuerto internacional que recibe más de cincuenta millones de pasajeros al año. Sus instalaciones modernas -y no menos que espectaculares- son obra del arquitecto Richard Rogers, un profesional fuera de serie, responsable de la corriente conocida como Arquitectura High Tech y quien también perteneció al equipo que diseñó el no menos famoso Centro George Pompidou de Paris. El Aeropuerto de Barajas es el prefacio perfecto a un país del Viejo Mundo lleno de vitalidad que a pesar de sus asentamientos urbanos antediluvianos palpita con rejuvenecido vigor.

miércoles, 28 de abril de 2010

Antes que llegue mañana...


Before It Is Too Late

If you have a tender message,
Or a loving word to say,
Do not wait till you forget it,
But whisper it today;
The tender word unspoken,
The letter never sent,
The long forgotten messages,
The wealth of love unspent-
For these some hearts are breaking,
For these some loved ones wait;
So show them that you care for them
Before it's too late.

martes, 27 de abril de 2010

Días más felices... quiero.




Me gustaría despertar una mañana y saber que todo es distinto. Que ya el verbo no conspira. Y que la entraña del pensamiento no acoge dudas amargas. Quisiera tanto… quisiera tanto.

domingo, 7 de marzo de 2010

"A mighty pain to love it is,
And 'tis a pain that pain to miss;
But of all pains, the greatest pain
It is to love, but love in vain."

Catallus

martes, 2 de febrero de 2010

Punto Final

La opinión pública es un barril de pólvora que aguarda porque alguien le encienda su mecha. Las cataratas de tinta derramada con el explícito propósito de regañar a un gremio es la última versión de un intercambio de información sin recato y con tanta insensibilidad como la que se considere la peor de las imágenes que dio margen a la combustión espontánea.
De pronto, se beatifican lo estándares y se convierte en irredentos a aquellos que pecan de ser seres humanos. Una avalancha de piedras se les viene encima. Siempre es tan sencillo y raso defender lo que debe ser. Lo difícil es entender el porqué de lo que no se ajusta a la expectativa convencional. Lo difícil es ponerse en la otra orilla. Lo difícil es analizar sin emoción y con frialdad, inmunes al agua caliente del prejuzgo. Inoculación mediática sin parangón. Y al final, luego de rendidas las energías, quedan la resaca y los anonadados. Aturdidos todos porque un festival de mal gusto, de uno y otro lado, ha escamoteado lo que de algún modo, en un principio, nos hizo humanos: La solidaridad.

lunes, 1 de febrero de 2010

Haití y la Verguenza Ajena.

Es curioso. Una periodista, que otrora sostuvo una relación amorosa con un médico, ha causado revuelo cuando denunció, socolor de indignidad, la divulgación de una serie de fotos que muestra parte de un equipo de galenos que fueron a la desdichada República de Haití a brindar mucho más que primeros auxilios.

La periodista arremete contra los doctores por su insensibilidad al posar o tomar las fotos. No es casualidad que uno de los fotografiados fue su pareja y que la relación no culminó en buenos términos, según trascendió en la prensa. No al momento de las fotos, sino antes. La información fue suministrada en un periódico que ha dado tinta y papel a raudales a la controversia. Surge además del mismo periódico que, una vez se verificó la relación de la periodista y el médico, la periodista no pudo ser contactada para expresarse al respecto y aparentemente no ha querido manifestarse en la prensa, como hizo antes, antes de que se supiera que uno de los doctores habia sido su pareja. Esto, de alguna manera matiza, el análisis sobre las razones que pudo haber tenido la joven periodista.

La queja de la comunicadora expuso la existencia de las fotografías y su indignación por ellas estableció el tono del debate y la opinión pública con una lamentable baja: la reputación de una clase profesional indispensable para brindar ayuda a los haitianos.

Las fotos realmente dicen muy poco: un médico con una segueta muestra la herramienta como tratando de consolarse a si mismo, ante la falta de equipo, para cortar un tornillo utilizado en un paciente. El cuerpo de una víctima semidesnuda, luego de ser tratada y sin que su rostro pueda ser identificado; varias fotos de médicos con su tradicional uniforme verde (dudo que ante las circunstancas hubieran podido cargar con su ajuar de invierno) posando risueños con uno que otro vaso o botella de cerveza y otras fotos de médicos sosteniendo rifles y escopetas pertenecientes a soldados dominicanos que de paso, también posan en la foto. Dicen muy poco las fotos. El qué, cómo, cuándo, dónde, quién, cuál y porqué no se desprende de las mismas y mucho menos de la expresión de la periodista. Si las fotos son feas. Carecen de valor creativo e incluso estan realizadas con muy poco gusto. Sin embargo no encierran la insidia ni la mofa. Estas son producto más bien de una posición de la periodista que decidió, a través de su análisis desinformado, endilgarles dichas características.

La columna de la periodista por alguna razón ocasionó que se interpretaran las fotos como una mofa y una desconsideración, por parte de los médicos, en un momento de tan terrible dolor. Nada dijo de las jornadas sin dormir y con poco alimento; la incomodidad y la falta de equipo y también hubo silencio sobre las vidas rescatadas y aquellas que no tuvieron tanta suerte a pesar de los esfuerzos. Y no podía decir nada sobre ello porque no le constaba de primera mano. No consultó fuentes ni verificó la información que solamente entró por sus ojos. Apuesto que tampoco pudo imaginar el descrédito que ocasionó su columna, matizada por el despecho, a toda una clase profesional. Tampoco pudo predecir las consecuencias a las que expuso a unos pobres soldados dominicanos. Mucho menos pudo figurarse que probablemente hay pacientes agradecidos cuyas vidas serán un poco mejor después de la intervención de los “pérfidos” médicos.

La joven periodista, a quien la inexperiencia ha traicionado, juzgó a unos profesionales que antes que nada son seres humanos. No entendió que la profesión médica es un sacerdocio así como el buen periodismo, ejercida por hombres y mujeres de carne y hueso. Que esos seres humanos fueron a una inhóspita y deprimente trinchera, no a mirar de lejos, sino a socorrer “metiendo mano”. Y que como seres humanos, a veces, actúan sin mayor consideración que un buen desahogo luego de momentos de mucha tensión. Se de otros profesionales que clamaron por ser sacados del lugar porque no soportaban la situación en Haití. De esos posiblemente nunca se hable. Pero sin embargo, se ha desacreditado a un gremio que fue a hacer lo que hay que hacer cuando la responsabilidad profesional y la solidaridad humana lo exigen. Es mi particular opinión que los médicos concernidos poco tienen de que avergonzarse.

Por mi parte, alzaré mi copa y brindaré por ellos, por cada paciente que recibió su desinteresado socorro y por los periodistas con discernimiento. En cuanto a la comunicadora, creo que sin mucho interés contemplaré su portafolio titulado “El poder de la semana” según divulgado en http://www.youtube.com/watch?v=rhB4BG1I65c. Salud.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Hoy






Hoy, iría al psiquiatra si no fuera por el espanto que me causa un posible diagnóstico de locura incurable, y a pesar de ello, se empeñe el aludido en medicarme.

Hoy, puedo idearme todas las excusas posibles para afrontar el día de mañana, rindiéndome a la rutina, sin siquiera intentar alimentar mi corazón con una experiencia única.

Hoy, puedo criticar. Lamentarme por todo lo que quise ser y no he sido, y perderé el valioso tiempo de vivir con intensidad lo que soy.

Hoy, puedo cuestionarme por qué quiero a quien quiero; perder el tiempo escudriñando otra vez, sin darme cuenta que querer como quiero es el presente que siempre anhelé.

Hoy, puedo sentarme y no hacer nada; dejarme ir con el tiempo, en vez de cabalgar y hundirle las espuelas de mis ganas a esta vida que no es ni ayer ni mañana, que es solo… hoy.

martes, 24 de noviembre de 2009

Arístides Chavier


Arístides Chavier fue un prominente compositor y pianista puertorriqueño. Un creador sin duda. Pero esa es otra historia.
Ahora es el nombre de un caserío o residencial público, de esos que marcan la estirpe. Un lugar donde los problemas no se acaban pero empiezan. Esta es la historia.
Jóvenes y niños del residencial Arístides Chavier crearon una película rudimentaria pero acertada; una historia ficticia basada en la vida real. En esa vida real que conocen muy bien y en la que por décadas les ha tocado vivir. Han creado un cortometraje de diez minutos en el que revelan cómo se bate el cobre en muchos lugares de nuestro Puerto Rico. Gústenos o no, lo cierto es que nuestro país no se aleja del cortometraje. La violencia nuestra de cada día existe, está ahí y es una variable que debe manejarse para bien o para mal, mas nunca obviarse. De eso trata el cortometraje. Ese es el mensaje y no hay nada de malo en divulgarlo y mucho menos que quienes lo divulguen sean precisamente los que se tienen que calar el estilito de vida porque para muchos de ellos, como regla general, no hay de otra.
El resultado de esta empresa casual ha sido una censura férrea por la misma razón de siempre: la equivocada.
De pronto se habló de un operativo de las agencias de servicios sociales para castigar a los padres; se contempló la necesidad de hacer pagar a los culpables de que nuestros jóvenes se degeneren haciendo películas tan violentas. Se dijo de aplicar una ley de protección de la niñez porque los menores estuvieron expuestos a lo que hace daño.
A nadie se le ocurrió celebrar la vena creativa y emprendedora de estos muchachos que tiene frescura y verdor suficiente como para encarrilarla hacia manifestaciones artísticas sublimes y maduras. Los que tienen la obligación de hacerlo no reconocieron el germen ni entendieron el instinto creador. Solo se vieron en el espejo de lo que no quieren ser. Solo pudieron ver la caracterización, mas no entendieron el mensaje. Que lástima.
Todo esto me recuerda a dos chicos de otros tiempos y otros lugares: Francis Ford Coppola y Robert Rodríguez, creadores de dos cintas que son paradigma en la cinematografia norteamericana: El Padrino y El Mariachi respectivamente. A Coppola y a Rodríguez, luego de retratar y divulgar la violenta realidad de sus respectivas comunidades y cepas, les dieron todos los recursos para que produjeran más. A los nuestros los amenazamos con llevarlos al reformatorio. Mire que hay que ser isla!
La fiebre amarilla se desató en los titulares. Las cuartillas parecían reclamar en loco parentis (mucho énfasis en loco). ¿Quién es el responsable de tanta venenosa violencia? Los medios hicieron su parte. Y los funcionarios de gobierno la suya. “¿Quién mató al Comendador? / Fuenteovejuna, Señor / ¿Quién es Fuenteovejuna? / Todos a una, Señor.”
A nadie se le ocurrió que la recreación filmada constituía una tregua en aquellos lares. Que la realidad cotidiana se denunciaba en un testimonio pueril muy honesto. Y que durante la grabación de las escenas, los jóvenes estaban trabajando. Actuando. Creando.
Pero los chicos de Arístides Chavier no se han amilanado. No tienen tiempo para lamentarse porque en Aristides Chavier la vida y el futuro siempre estará en juego. Así que solucionaron el asunto y en contestación a toda la crítica mediáticamente exagerada crearon otro cortometraje muy retador. Un desafío para que se les reconozca. Una pena empero, porque esta Isla además de no querer entender, tampoco le gusta el reto.