jueves, 5 de agosto de 2010

Esperanza...

"Tenemos que hablar a la sociedad de esperanza, de algo brillante, limpio, de futuro, algo que aporte valentía y fuerza. Y eso es lo que voy a hacer. La primera palabra española que aprendí fue esperanza. Es bonita y dulce."
Kenzaburo Oé (Ose, Japón, 1935) Premio Novel 1994.

martes, 3 de agosto de 2010

A veces me olvido.

A veces olvido lo afortunao que he sido; las cosas buenas que me ha tocado vivir, y de las innombrables, que de algún modo construyeron lo bueno y lo malo de mi carácter. A veces olvido que, a pesar de que hay de todo en esta vida, la misma es tan corta que es inútil pretender tener todo lo que se anhela . Y cuando miro lo vivido no puedo más que dar gracias por haber recibido más de lo merecido. Por eso, comparto este poema de Juan Crisóstomo Ruiz, a quien seguramente no le gustaba su nombre como para verlo impreso en un papel. Quizá por eso firmó sus poemas como Amado Nervo

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

sábado, 31 de julio de 2010

Cafe II

He tomado café en momentos más felices. Lo he tomado solo y alegre. Enamorado. Solo y paranoico. Embelesado. Acompañado que, si no es absolutamente necesario, es el mejor modo de saborearlo.


Tomé café en todo lugar visitado por mis ojos. En Egipto, fue horroroso. En Rusia y los nórdicos, prácticamente un lujo. En Sur América, aromático y sabroso. En España y Francia, epicúreamente perfecto. En Estados Unidos… Ah, tomar café en Estados Unidos de América. No creo que exista mayor insulto al café, que el modo en el que lo toman los norteamericanos. Pueden intentar engañarme con los Starbucks en sus cincuenta estados. ¿Quién no ha mordido ese anzuelo? Pero luego te percatas de la gran mentira, muy comercial, que incide en los ritos y cultos que merece el dios café. Sí, rindo culto al café; me confieso pagano… y qué?

Ahora bien, hay solo un café irrepetible. El más exquisito de todos; lo extraño. El que merece un rezo. Daría cualquier cosa por beberlo de nuevo. Daría cualquier cosa por encontrarlo.

martes, 27 de julio de 2010

Si usted puede leer esto, puede que esté soñando. Si usted puede leer esto, puede que esté despierto. Si usted está soñando, puede leer esto. Si usted está despierto, puede haber soñado que leyó esto. Si usted leyó esto, puede que haya estado despierto. Despierto, en un sueño, usted pudo leer esto. Soñando, despierta, y lee esto. Lee esto en un sueño. Despierta de un sueño y lee esto. Esto lo lee mientras sueña. Despierto, sueña con leer esto…

Inception… véanla… puede que no sea un sueño

A una infancia de la amiga.


Tengo la certeza de que Mercedes Bonnie Sampayo fue una de mis primeras amigas en la escuela primaria. Agradable, con una sonrisa agraciada y unos ojos oníricos muy claros, aprehendidos a un estuche de pestañas, como piedras preciosas. Recuerdo el timbre de su voz. Era la voz de la clemencia y la tranquilidad desde la que podía escucharse –certeramente- un halago hasta una advertencia.

Mujer valiente mi amiga Bonnie. Madre de Ivonne, hermana, hija, amiga, compañera, empresaria y seguramente muchos otros roles. Típico en estos tiempos.

La última vez que le vi fue entre un montón de amigos de la infancia y la adolescencia. Hace un año y varios días. Bonnie es el tipo de amiga que recuerdas tal y como la conociste, inmarcesible. Ahora me entero que ha perdido la vida. Lejos. Bastante lejos. Y su hija, de quien me atrevo a decir es su mejor amiga, le ha tocado el dolor y la responsabilidad de traerla a casa. Esto ha sucedido hace apenas unas horas.

Un instante es todo lo que se necesita para quedar en el recuerdo. Para extinguir un futuro y comenzar una historia que se queda incompleta.

Amiga Bonnie, cuánto hubiese deseado despedirme de ti, mirándote a los ojos. Ojala a donde fueras, encuentres la paz como siempre la imaginaste.


lunes, 26 de julio de 2010

El Crononauta

"En estos tiempos que no me queda tiempo, he sacado tiempo para jugar con él. Y por ello escribo este conato de cuento breve. Si le gusta, cuéntelo. Si no le gusta, dígamelo a mí."



El Crononauta

Se despertó con el sonido de la clepsidra que llevaba en la cabeza. Empapado de lapsos y recuerdos. Las ropas anegadas de fechas. Chorros de horas descendían por sus sienes. Lo improbable había ocurrido; había viajado en el tiempo.

No tenía idea de cuánto duró el periplo. Estaba parado sobre un charco de minutos y el espacio parecía un huerto de años y meses. Entonces vio, con mirada extrañada, una pieza. “Es un levitrón inmóvil.”, se dijo. La pieza existía rectangular, de dimensión media. Similar a una tarja y contenía una inscripción. Miraba a su alrededor y todo parecía lucir igual desde todos los sitios. Como si todos los siglos, los milenios y el espacio estuvieran mezclados en un momento promiscuo. Era como flotar en un punto pero, por alguna razón, sentía que podía estar parado sobre algo, y aun caminar sobre ese suelo que, al mirarlo, parecía un techo. Pudo notar que estaba en todas partes y en ninguna a la misma vez.

Volvió a observar la tarja. Jeroglíficamente codificada. Difícil de comprender, mas no para él, a quien antes le insinuaron que esto podía suceder. La tarja enunciaba el mayor acontecimiento de todas las épocas. Ahí, en ese preciso instante, revisó la memoria y comprendió que había logrado lo imposible: sobrevivió al experimento; había rebasado los límites del tiempo. Escapó al Juicio Final.


domingo, 25 de julio de 2010

Te invito un café…

Más allá de la última muralla,

conozco un buen sitio para tomar un café.

Quiero que me acompañes.

No  tomaré tus manos…

Tomaré café.

sábado, 24 de julio de 2010

Alejandra Pizarnik

Despedida

Mata su luz un fuego abandonado.
Sube su canto un pájaro enamorado.
Tantas criaturas ávidas en mi silencio
y esta pequeña lluvia que me acompaña.


De "Los trabajos y las noches" 1965
Lo que más extraño del "voy de camino" -no me da miedo decirlo- es la impaciencia de querer llegar. La inquietud, el anhelo”
“¿Sabes lo que es un anhelo? Un anhelo es un deseo vehemente. Y la vehemencia es ese adjetivo increíble; dulce, amargo, paciente y cerrero -todo a la vez- que no te abandona ni te traiciona. Se queda contigo, mortificándote. Porque la vehemencia -según dice quien escribe diccionarios- implica que se es ardiente y lleno de pasión. Que hay fuerza impetuosa.”
“El anhelo puede explicarse de mil modos. Seguramente abundan palabras para describirle. Pero solo se siente de una manera. Acaso en otro idioma se apilen las sílabas de tal forma que permitiría, no tan solo decir que se tiene anhelo, sino que al pronunciar la palabra en esa otra lengua que desconozco, toda la piel se eriza y se sonroja la cara. A guisa de abracadabra, ese otro vocablo que, de tanto la gente pronunciarlo, se ha convertido en la palabra más mentada universalmente, sin necesidad de ser traducida”
“Y ¿a qué viene todo esto? No sé. Es difícil de explicar. Sobre todo si el destino al que se quiso llegar, cuando se iba de camino, ya no te espera.”

#$@&*%^!

No tener nada que escribir es como padecer insomnio. Los ojos bien abiertos; los ojos bien cerrados; los ojos húmedos ante tanto silencio; ante la incertidumbre del papel; ante el horizonte inasequible; ante la noche infinita. El papel como la vida. Y en la vida un vacio inconmensurable. Como el universo íntimo que solo aguarda por un invitado. Como navegante en ardiente espera del levante. Para mover la nave; para manchar el papel; para gritar ¡tierra! ¡tierra!.
Inspiración, ¿dónde estás? ¿A dónde fuiste? ¿Por qué no me llevas? ¿Por qué no me traes?

miércoles, 21 de julio de 2010

El Arbolista Mágico

"Hay como una eterna primavera en el hogar de André Sanfiorenzo y Magali Orbeta, allá en el bosque de Carite, cerca del lago, entre más arboles de los que puedo recordar.

Llegué como un intruso y cuando me marché ya de noche, sentí que Magali, André y yo éramos viejos amigos. Compartimos alimentos y vivencias. Me contaron sobre sus vidas, de sus andanzas, que son muchas, por estos mundos de Dios y de gente.

André y Magali son una fuerza de la naturaleza. Y sus hijos heredaron ese mismo vigor con enjundia. No podía ser de otro modo.

Al principio de los setenta André recién terminaba la escuela secundaria, echó mano a la mochila y se fue a viajar por Sur América. No les narro todo lo que vivió André. Les cuento sin embargo, que entre Chile y México este boricua de pura cepa, nacido en Santurce hace algo más de medio siglo, recorrió los caminos sagrados y profanos que nos enseñan que vale la pena aferrarnos a la vida con devoción milagrosa, espíritu combativo y estar dispuestos a caminar el tramo que sea necesario.

André fue arrestado y torturado en Chile, durante el golpe de estado que derrocó a Salvador Allende. Luego de dos costillas rotas a culata de fusil y un rapado de su cabellera, por suerte, lo dejaron ir y caminó por los gélidas montañas de los Andes (sobre una capa de mantecado, como lo describe él) de pueblo en pueblo, recogiéndose en las zanjas y arropado de intemperie mientras un toque de queda nacional acechaba maliciosamente. Pero André es un iniciado, y como tal supo sobrellevar esa marcha. Quizás es ese carácter suyo. Porque André, a pesar de haber conocido el lado oscuro del mundo, exuda luz desde sus ojos. Hay urbanidad y paz en su mirada. He visto en pocos hombres semejante vista.

Con esos mismos ojos André conoció rincones que no aparecen en los mapas y a seres humanos cuyas historias penden en la brisa, como una brizna o una llovizna; chamanes originales, maestros que dejan su huella en el aire que respiramos.

Si asombroso es su relato al Sur, arrobadora es la historia de cómo quedó prendado en un instante por la belleza de Magali, cuando la vio por primera vez. Pude percatarme de la honestidad de su relato, porque yo mismo he podido sentir ese relámpago alguna vez en mi vida.

Me contó, como si hubiera sido ayer, que vio a Magali por primera vez ya entrada la noche. La vio sentada. Le vio el rostro y se perdió en esos ojos color Atlántico bravo que lo llevaron a sumergirse donde pocos llegan jamás. Magali estaba sentada porque azares del destino le impiden caminar. Sin embargo, eso nunca fue una dificultad para andar el mundo, a fuerza de amor, con André.

Tampoco fue obstáculo para parir una casta espectacular. Como la hija mayor de ambos, engendrada un diciembre en unos baños termales de Chile, en desafío a las probabilidades, y a quien bautizaron con el nombre de un volcán de la Araucanía, a modo de premonición. Hoy, Llaima Sanfiorenzo Orbeta es la telúrica encarnación del amor que se profesan Magali y André. Y la fuerza de Llaima se siente aquí en Puerto Rico y otras latitudes.

Manuel, el segundo de los hijos es el maestro cervecero de Carite. Un hombre joven de carácter fantástico y una certera y eficiente determinación, comprometido con su tierra y la naturaleza. A ese lo parieron entre bejucos venenosos en el Norte. Bien al Norte. Pero Manuel no lleva veneno en sus venas. Lleva la savia de un patriota.
Y entonces está la pequeña que como su madre, posee ojos en los que es muy fácil perderse. Una joven que parece no tener miedo. Una chica que sabe del trayecto recorrido por los suyos y para nada es pusilánime en el pase de batón. El origen de su nombre es quizás su propio destino… Amanda: la que debe ser amada. Allí estaba su pareja, Diego, que ha comenzado hacer lo propio.

El espacio de los Sanfiorenzo Orbeta es boscoso. Hay plantas de todo tipo. Medicinales, silvestres, comestibles. Una quebrada atraviesa la propiedad. La humedad es imperecedera. Y hace fresco. Tienen un batey con suelo de tierra y techos de lona. Y dos filas de futones colocados cara a cara permiten la conversación de retina a retina.

Al fondo de ese batey bajo lonas, hornillas y fogones sirven para preparar lo que se antoje. Una vez se llega al espacio de Magali y André nada tiene dueño. Se pasan las horas y se escuchan historias. Narraciones de todo tipo. Sucesos inimaginables propios de nuestro realismo mágico. Presencié situaciones nuevas, al menos para mí, como cuando André recibió un masaje de Santosh, uno de los invitados, quien mediante su prodigioso tacto le restauró el fluido energético correcto a André, no sin antes éste padecer los albures del acto.

En ese espacio degusté la cerveza cacera de Manuel; probé alimentos vegetarianos y conversé con una amiga que alguna vez creí jamás volvería a ver. Mi amiga Astrid Thillet. En honor a la verdad, fue Astrid quien me condujo allí. Fue por ella que pude tener la grata experiencia de conocer a André y su familia. Fue ella quien -en un episodio de confianza inmerecida- se corrió el riesgo de invitarme. Allá fuimos con sus dos chicos. Dos graciosos torbellinos ellos mismos, que en el espacio de André y Magali se funden con un jardín infantil real: la naturaleza.

La experiencia requirió de algún modo quedar registrada. Gracias Astrid. Y de hecho, tenías razón, debí haber llevado la cámara.

viernes, 16 de julio de 2010

En rio revuelto

Recuerdo el Puerto Rico aquel de una economía más estable, sustentada en un laborioso espíritu de superación y honestidad. Recuerdo que terminaban los años sesenta. En las estaciones de gasolina siempre había empleados. Las tintorerías recogían y llevaban a domicilio la ropa. Los pañales de algodón eran recogidos y entregados del mismo modo. Un obrero llevaba el lácteo al hogar en un camión refrigerado, y se reciclaba el embase. Los colmados de la esquina llevaban en una cesta o una caja los víveres encomendados. Las panaderías, en muchos casos, estaban a la vuelta de la esquina. Había carnicerías independientes. Zapaterías, sastrerías.

Existían los consultorios médicos de prácticas muy honrosas y galenos que visitaban el hogar con el maletín clínico. Con regularidad un vehículo cargado de frutos u otros alimentos recorría las calles de los vecindarios con su oferta. Existían las talabarterías. Tienditas de “limber” y “school supplies”. Granados maestros de música dictaban sus clases a particulares. Y el afilador de cuchillos y tijeras anunciaba su presencia con la inconfundible sonoridad de una flauta de pan.

Afilador de Parque Chacabuco by latitud34sur

En fin, existía una sinergía variada, interdependiente y muy social de índole laboral y económica. Había mucamas y nanas. Y tantos oficios como productos y servicios pudieran necesitarse.De momento no recuerdo cuándo dejaron de existir los empleados que verificaban que el motor del coche tuviera sus fluidos al nivel correcto mientras servían la gasolina. ¿Cuándo dejaron de limpiar el parabrisas? A veces me pregunto cuándo dejaron de existir el portero, el ascensorista y los puestos de periódicos y revistas. ¿Por qué ya el heladero no recorre nuestras áreas más urbanas?. ¿Dónde están los peleteros y los relojeros?

Todos estos oficios daban un balance a la comunidad. Eran la verdadera simiente de la libre empresa. Y quizás el disuasivo perfecto a la criminalidad y los vicios. Sin embargo, menguaron o desaparecieron. Y todavía nos preguntamos por qué existe el desempleo. Sencillo. Nos hemos tragado un anzuelo y nos han enredado en la tarraya del oportunismo.

domingo, 4 de julio de 2010

Sencillamente gratificante en todo su talante y su talento

Comunicaciones

Una propuesta de un pintor amigo mío consistía en un mural destinado a un espacio público en un lugar que ahora no recuerdo. Sí recuerdo el contenido de la obra. En un fondo color cielo se cruzaban convergían, entrelazaban, entremetían, confluían cientos de líneas que entretejían un laberinto de mensajes. Proponía el pintor que nuestro espacio, esa bóveda celeste, va cargada de recados, correos y envíos desde y hasta distintos destinatarios. Miles de expresiones, claras y confusas. Como un cielo estrellado a plena luz del día, como una precipitación diurna de perseidas. Así es el cielo de Carmelo.

La genialidad de su visión me arrobó en un instante. Y me percaté que ese cielo nuestro y de Carmelo es un vehículo y una red al mismo tiempo. Que por ese cielo se suceden millones de mensajes. Radio, sonido, luz, microondas, que van a parar a nuestros receptores biológicos o tecnológicos. Transmisión a través del cielo de códigos convencionales repletos de arquetipos. Y en la barahúnda celestial, indiscriminada, se cuelan los malos mensajes, los malos principios y los peores finales. Visto a través de las letras, puedo describir ese cielo: un crucigrama de ideas, todas las ideas, sintetizadas en líneas de distintas formas y extensiones, en una geometría espacial infinita que forma una malla impenetrable. Un cielo rayado. Arañazos y trazos. Enigmas para cada quien y cada cual. Una red que requiere de una contraseña individual para poder decodificar, comprender, separar el grano de la paja, y poder encontrar la verdad.

viernes, 2 de julio de 2010

Y hasta cuando cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?-le preguntó.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.

-Toda la vida -dijo.

El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez.

miércoles, 30 de junio de 2010

sábado, 12 de junio de 2010

A Tomas Ortiz


No recuerdo exactamente cuándo lo conocí. Quizás era yo muy joven como para llevar fechas más allá que la del cinco de enero, víspera de la Fiesta de Reyes, cuando siempre veía a ese señor que aprendí a querer y respetar por sus posturas y gestos. Sí recuerdo, sin embargo, el momento en que por primera vez supe que le tenía un entrañable cariño.

Tomás Ortiz era un hombre bueno. Era uno de esos seres con una fuerza interior que no se refleja en musculatura ni en la altanería. Su fuerza estribaba en su humildad, en sus convicciones y su oficiosa presencia.

No sé si Tomás Ortiz escribió un libro. Pero sé que sobre Tomás Ortiz puede escribirse uno.

Lo recuerdo con su atuendo de trabajo: un pantalón vaquero tan veterano como él; camisa de uniforme militar verde y botas. Perfeccionaba su estilo con un capacete legendario y un machete bajo el brazo. El cinturón en sus pantalones era negro y ancho, con hebilla de acero, y le recorría su magra cintura sin esfuerzo, más bien con precisión. Cuando caminaba hacia alguien, su cabeza se inclinaba ligeramente hacia un lado y la mecía con un tenue movimiento, como una campanita. Se acercaba con una media sonrisa amistosa, y con el brillo de unos ojos oscurísimos, delineados entre los surcos que la vida obsequia en reconocimiento a la experiencia. Su voz, que parecía salir de la base del cuello, allí donde converge con las clavículas, denotaba una honestidad que solo podía ser bien recibida. Era un hombre fuera de serie.

Tomás Ortiz caminaba mucho. Como quien tiene confianza y no le teme a nada, sin tener que convencer a nadie. Era emblemático verle en su jeep color rojo por las veredas sinuosas de Barranquitas. Se le veía arriar vacas entre cerros, en las heredades sembradas de plátano, yuca y habichuelas. Sembraba el arroz que luego de cosechado su esposa convertiría en el suculento arroz con dulce más solicitado de toda la navidad. Trabajaba la tierra. Alimentaba sus animales. Domaba caballos. Sabia de ganadería. Conocía árboles y frutos por nombres y apellidos. Además, entendía el secreto de confeccionar aguardiente que añejaba en cocos secos sellados con un tapón de tachuelo y cera.

Supo servirse de sus animales con un respeto inmenso. Como el aborigen que rinde culto a la Madre Tierra. Inmolaba un cerdo para agasajar familiares y amigos en Fiesta de Reyes. No lo asaba. Lo trozaba para que se degustara como carne frita, cocinada en un fogón localizado al dorso de su hogar. Gente de todas partes llegaba a la casita blanca de Tomás y Rosa desde muy temprano con la esperanza de pellizcar un trocito.

Hospitalario por naturaleza, llegar al hogar de Tomas y su esposa Rosa, era detenerse en un manantial de agasajos. Frutas frescas, dulce de lechosa, toronja en conserva, dulce de naranja. Y por supuesto, café.

Agricultor, agrónomo y veterano. Era un hombre de antes, de esos a los que la vida forjaba de un modo distinto: con un cincel de obligaciones y responsabilidades desde temprana edad; con avatares extremos en circunstancias que requerían valor e imaginación. Como aquella ocasión, durante la Guerra de Korea en el frente de batalla, que la ametralladora de la que dependía el pelotón se estropeó por el uso continuo. Una pieza que encarrilaba la munición en la recámara, de tanto calor, se fatigó y la boca infernal de la ametralladora quedó muda en un instante en el que les iba la vida. Tomás Ortiz, hombre de campo con un ingenio de metrópolis, alcanzó un árbol de guayabo y con una navaja -nunca renunció a llevar una consigo- cortó un trozo de madera cilíndrica y densa, la colocó en el lugar de la pieza con la precisión de un ingeniero metalúrgico y la metralleta volvió a despedir plomo. Un pelotón se salvó gracias a una navaja y a un trozo de árbol de guayaba. Eso diría Tomás Ortiz. Los sobrevivientes dirían que fue gracias a él, y le valió el reconocimiento de sus superiores. El solo calló la hazaña. Conociéndole, supongo que su entendimiento de hombre íntegro le sugería que aquel gesto, que le permitió salvar vidas, no era más que su deber.

Al regreso de los campos de batalla, donde conoció de primera mano el verdadero significado de la palabra sobrevivir, estudió agronomía en el Colegio de Artes y Ciencias Mecánicas de Mayagüez. Una institución universitaria famosa por acoger a los mejores estudiantes de ciencias e ingeniería. Allí aprendió el nombre científico y la técnica de todo aquello que parecía llevar en sus genes. Sabia de ganado, de siembras, de horticultura. Sabia de gente y sobre muchas otras cosas. Además, tocaba el acordeón.

Como dije al principio recuerdo el día preciso en que supe cuánto afecto le tenía. Fue luego de una prolongada ausencia por esos lares; llegué de visita inesperada y me lo encontré no como el hombre que había conocido de niño, sino como sobreviviente de un cáncer que le llevo parte de la lengua. Su cuello manifestaba la huella entre la mandíbula y la oreja; sostenía entre sus labios un pedacito de servilleta para evitar que la saliva se desbordara por una de sus comisuras. Cuando le vi sentí la gran amargura de la aflicción. Y le murmuré muy cerquita que me perdonara por no haberme imaginado lo que le había tocado vivir y mi ausencia. Pude ver como se le aguaron los ojos, y como bajó su mirada. Tenía yo cuarenta años y el aproximadamente setenta y dos. Aquella mirada era una de vergüenza. No era de recriminación ni de queja. Era la vergüenza que aquel jibaro sentía al verme compungido. Hasta en eso era grande ese hombre. Tan grande que supo soportar la muerte trágica de dos de sus cuatro hijos, en épocas distintas.

Disfruté muchas de sus conversaciones,relatos e historias. De sus explicaciones y descripciones sobre plantas y cultivos. Disfruté verle ser abuelo porque realmente se adentró en esa fase de su existencia con la misma responsabilidad y vigor que ameritan todas las cosas importantes de la vida. Particularmente, con aquel nieto de nombre Alberto, que parecía un Tomás Ortiz en miniatura.

Se ha ido Tomas Ortiz. No me imagino los campos sin sus pasos. No me imagino la Fiesta de Reyes sin su acordeón. No imagino al nieto Alberto sin su abuelo. No me imagino a Sonia y a Maribel sin su padre en un día como hoy. No puedo imaginar el mundo sin Tomás Ortiz.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Tivoli Gardens y el Bosque de Sherwood


Jamaica. Ese verde trazo de acuarela en el Mar Caribe se tiñe de rojo en estos días. Resulta que un narcotraficante, aparentemente, retó la autoridad del oficialismo. La consecuencia tiene ribetes de guerrilla civil. Kingston, que nunca ha sido una ciudad tranquila, echa humos por varios flancos.

Fue en el 1987 que visité este paraíso angloparlante y prieto. Una de las cosas que más me llamó la atención fue observar una fortificación colonial amurallada, vigilante hacia el mar, pintada a brocha color blanco, como se pinta una casa. Aquello era una mancha en el horizonte. Ahí me di cuenta que esta gente hacía las cosas de otro modo. Habiendo visto yo varias plazas fuertes en su estado original, aquel fortín daba al traste con el pasado y el presente.

En aquella ocasión estuve solo horas en Kingston. Mi destino final era Negril, al Oeste de la Isla. Si bien Jamaica parece un paraíso pude ver por los intersticios de su gente que había algo rancio entre tanta belleza. En ruta hacia Negril vi casas de campañas desparramadas por doquier y vi miseria. Algún tiempo atrás un huracán
había desgarrado la Isla. Las instituciones del gobierno jamaiquino, pensé en aquel momento, eran disfuncionales. Hoy creo que el tiempo me dio la razón.

Ahí entra Christopher Dudus Coke. Un hombre de 42 años que mantiene un imperio de drogas y además licita y obtiene contratos oficiales para realizar obras al propio gobierno. En esas gestiones salpica a la gran mayoría de los burócratas y políticos. Se ha enraizado como benefactor de su comunidad, Tivoli Gardens.

Desde su estancia de poder, se dice, Dudus ha provisto a comunidades de aquello que el Estado –por la razón que sea- no tiene capacidad de brindar en cumplimiento del contrato social. Eso lo hace un hombre peligroso. Supongo que para su gente, Dudus Coke es como un Robin Hood. Con ese nombre y la lealtad que muestra por él la gente de su barrio, no dudo que se convierta en un mito; en una de esas leyendas que solo nacen en el clandestinaje, y solo se conoce y perdura de boca en boca. Dudus Coke de Tivoli Gardens.

Estados Unidos dictó auto de extradición en contra de Dudus a mediados de mayo de 2010. Jamaica rehusó extraditarlo. Pero por algún ejercicio “diplomático” el primer ministro ha ordenado su captura. La presión fue demasiada. A ese mismo primer ministro se le relaciona en su circunscripción con el fugitivo. Lo que me lleva a pensar cuán turbio es todo esto de la política, la democracia y el tráfico de drogas. Lo que me lleva a pensar que mientras alguien necesite ser electo por una mayoría de votantes, habrá quien venderá su alma al diablo en más de una ocasión, sin importar en qué infierno transige, con tal de aferrarse al poder. Y en más de una ocasión traicionará a cuantos tenga que traicionar para adquirir el voto de una masa de pobres infelices, de los que luego se olvidará. Y entonces saldrá un Christopher Dudus Coke. Y otro y otro y otro.
No sabemos cuánto costará su captura. Mil efectivos armados hasta los dientes, en una andada desquiciada, busca al prófugo puerta por puerta. Miembros de la comunidad Tivoli Gardens se lanzaron a la calle y quemaron varios cuartelillos de la autoridad oficial. Se dice que muchos de estos ciudadanos darían la vida por Dudus. Por lo pronto, se dice que han muerto 60 personas y hay doscientos heridos. Civiles en su mayoría. Ese mal llamado “daño colateral” es de seguro entre desposeídos y gente de a pie que se siente en deuda con Dudus.
Los que miramos desde lejos, fácilmente nos confundimos. ¿Será Dudus Coke un tipo tan malo que requiera que, con tal de capturarlo, se mate tanta gente? ¿Vale la pena pagar el precio de ajusticiar a alguien, a costa de que muchos otros perezcan ignominiosamente, y defendiéndolo?
Claro, Robin Hood solamente existe el Bosque de Sherwood.

lunes, 24 de mayo de 2010

Ayer y Hoy


Fue un cuatro de mayo y empezaban los años 70. El presidente Richard Nixon había sido electo en 1968. Vietnam era el infierno en la tierra y su escalada exacerbaba la opinión pública a través del mundo. Camboya recibía un azote de fuerzas norteamericanas. La posibilidad de conscripción militar amenazaba con desarraigar a la juventud de sus centros de estudios. Y en la Universidad de Kent, Ohio, -fundada en 1910 y con un impacto comunitario encomiable- los estudiantes decidieron hacer algo al respecto. Comenzaron sus marchas. Simpatizantes se adhirieron. El alcalde de la ciudad comenzó a incomodarse. El comercio, los bares, los bancos tuvieron que cerrar. Y entonces, luego de llamarlos “comunistas”, “anti americanos” y “lo peor que se haya criado en América”, llamaron a la guardia nacional del Estado. Les pidieron que se dispersaran, que abandonaran la protesta y se fueran del campus. Se encendieron los ánimos. Hubo intercambios violentos –piedras, gritos y botellas entre estudiantes y militares-. Los soldados calaron bayonetas y dispararon. Dispersado el humo de las armas de fuego, cuatro estudiantes yacían muertos. Investigaciones, culpas y recriminaciones sucedieron a los hechos, como es de esperar. Mil y una versiones, inculpatorias y absolutorias, plagaron medios y tribunales. Un alumno de comunicaciones de la Universidad de Kent utilizo una grabadora “reel to reel” y colocó un micrófono en la ventana de su dormitorio y grabó la secuencia histórica de la que alguien dice se puede concluir que dieron la orden de disparar. John Paul Filo, estudiante de fotoperiodismo, también capturó visualmente un doloroso instante con su cámara Nikkormat, lo que le valió reconocimiento mundial con un Premio Pulitzer.
La revista Time concluyó que "triggers were not pulled accidentally at Kent State".
Los hechos en Kent, detonaron el fervor estudiantil en todos los Estados Unidos. Cuatro millones de estudiantes se unieron a las protestas y novecientas universidades cerraron sus campus. Ese fue el saldo. La injusticia tiene siempre ese efecto de dominó.
La experiencia de la Universidad de Kent presenta congruencias extrapolables con la huelga de nuestros Universitarios. Obviamente no en todo. Ayer, como hoy, se protesta por la injusticia. Hoy, como ayer, se les tilda de comunistas y delincuentes. Ayer y hoy, era y es necesario encender un debate público. Ayer, en los 70, había una guerra muy injusta. Hoy, en nuestro país, estamos en guerra con nosotros mismos por desazón e injusticias. Ayer y hoy, son los estudiantes -con ese idealismo visceral- quienes nos recuerdan que hay que corregir las infamias. Hoy y ayer, se les azuza con cuerpos paramilitares o soldados de carrera. Ayer ni hoy tampoco a los estudiantes “le asustan las balas ni el ladrar de la jauría.”
Sin embargo, contrario a ayer, todos estamos viendo. Todos estamos escuchando. No hay una sola voz oficial que nos engatuse con medias verdades. Hoy, los estudiantes de comunicaciones, con muchos más recursos que sus pares de la Universidad de Kent ayer, han mantenido sus manifestaciones, consignas y razones al alcance de todos, a través de medios que también se convierten en vigilantes. Solo esperemos que a ningún ex universitario -de los que asesoran en materia de educación y seguridad- les de las infames ganas de que se calen las bayonetas. Intuyo que la paciencia del país no está para eso.

sábado, 22 de mayo de 2010

En un lugar cualquiera, aquí o en otra latitud, hay santiamenes que quisiera yo robárselos al tiempo. El instante irrepetible que se fuga después de una mirada. Un paisaje, una persona, una situación. Sobre todo si tiene un soplo de belleza. Apoderarme de ese momento, sisárselo a la vida.
La mujer de la foto parecía tener todo el tiempo del mundo. Era como una de esas estatuas que declaran perfección. Solo que con otra moda y en otra pose. La observé detenidamente. Su nariz perfectamente perfilada. Su piel clara. Su cabello rojo. Tomaba una botella de agua gaseosa “Perrier”. Lucía vaqueros y leía una revista. Nada a su alrededor la perturbaba. Era ella en su espacio y su estación. Nunca imaginó que aquel instante, en el que seguramente se sentía en paz y hacía exactamente lo que le venía en gana, perduraría en una memoria tangible, en un soporte al que solo le faltaría su alma.

domingo, 16 de mayo de 2010

Asi es...

Con sombrero bombín y una casaca camuflada, ese que apodan “el flaco” lanzó una granada de canciones a un público sobrecogido ante su cantautor favorito. No es espectacular este señor, espectaculares son sus letras. Espectacular es el modo de contagiar sus ideas entre acólitos que encuentran verdades en sus coplas. Joaquín Sabina es un trovador que desguaza protocolos en sus composiciones. Arroja verdades sin necesidad de subterfugios y convenciones. Himnos para inconformes que levantan su bandera en cada geografía. Sabina lo sabe y sabe más todavía. Sabina sabe que su obra es correspondiente con su vida y viceversa; obra y vida son la misma cosa, una vez se conoce en qué zaguanes ha pululado. Conspirador, comunista, coautor y fugitivo. Exiliado, mujeriego y sibarita. Hasta las cosas innombrables le son de conformidad. De ahí la savia en sus letras. Ha vivido y dejado vivir. Y lo canta a los cuatro vientos.

domingo, 9 de mayo de 2010

Arcangeles y Trenes

...pero he aquí Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme.
Daniel 10:13
La Biblia Reina Valera. Edición 1960

Montserrat parecería una obra magistral de Gaudí si no fuera porque su autor es Otro. Los iniciados que pongan pie en su geografía comprenderán lo que digo. Por cincuenta kilómetros desde Barcelona, atrechados en un cómodo recorrido de una hora en ferrocarril, llega uno a esta prominencia mística. Sus rocas parecen columnas forjadas en el cielo, donde quiera que éste quede.
No imagina uno el lugar hasta que se llega a él. Su formación peñascosa parece un escenario construido a la medida de la fe. Sus farallones son milagros de la naturaleza y sus ermitas y veredas, tenacidad de hombres.
Entre rocas inmensas, la montaña ampara una abadía benedictina centenaria. Pero el esoterismo de este promontorio tiene otros entronques, que no se limita exclusivamente a la Orden de Benedicto y al monacato. Por ejemplo, antes que ellos los lugareños ya creían en “la Moreneta”, o Virgen de Montserrat, una María negra que –según me cuentan- niños pastores encontraron en esta montaña en el 880. Leyó bien: hace mil ciento treinta años. Se dice que cátaros y druidas también anduvieron por acá.
Montserrat es museo, es naturaleza, coro, es basílica, es misticismo. Y también es historia y heroísmo. Uno de sus frailes ermitaño, Bernat Boil, llegó al Nuevo Mundo acompañando a Cristóbal Colón en 1493. Durante las guerras Napoleónicas fue incendiado el monasterio. Y en tiempos revueltos de España, fue Montserrat arquetipo de resistencia catalana contra el fascismo. Se documenta que durante la Guerra Civil Española veintitrés devotos, frailes y curas, murieron durante una persecución religiosa que duró tres años.
En el monasterio hay un coro de niños que entona desde sus orígenes, allá por el siglo XIII, lo que convierte a Montserrat en la escuela de canto más longeva de Occidente. Tiene un museo con piezas antiquísimas en oro y otras riquezas. Acá el culto a la oración y la contemplación es una forma de vida. También, hay espacio para otras cosas, curiosamente, como el senderismo y los peregrinajes. Es un santuario como uno imaginó: entre escarpadas montañas que están lejos de todo y cerca de nada y al que se acude a guisa de sacrificio y devoción. En otros tiempos claro. Ahora, solo hay que querer ir.
Cuando uno termina la visita desciende del monte como se llegó: en funicular o tren de cremallera.
Mi transporte partía de regreso a Barcelona a las 17:40 (5:40 PM). Sentando en el andén desde las cinco, y faltando un mundo para la llegada de mi tren, comencé contemplar el espacio en el que estaba.
Miraba yo hacia la montaña, despidiéndome de su esplendor y magia. El sol, ya comenzaba a echarse no sin antes enviar una homilía de luz. Luz que se colaba entre dos promontorios de la montaña encantada; una luminiscencia definida y afilada como navaja.
Había silencio y la temperatura era fresca, casi fría. Entonces volteé mi cabeza hacia la derecha y allí estaba el cartelón: “El Rincón”. Algo así como un anuncio de cafetín que insinúa astutamente “ahora o nunca”. Advertencia por lo bajo de que esa última copa de vino te la pudiste tomar allí, pero una vez inicias la marcha en tren, es demasiado tarde.

Un negocito "a la vera" de los rieles del ferrocarril, es El Rincón. A las cinco y cinco de la tarde llegan voces a la desolada estación. Un argentino con su madre conversaba de lo bien que la habían pasado. De lo importante de llegar al andén a tiempo y nunca perder el tren. “El Rincón” seguía llamándome. Dudé.
5:10 “Y si pierdo el tren por distraerme” me dije.
5:12 “Pero quizás, con las cámaras y el abrigo se me hace imposible correr desde el establecimiento al vagón. Entonces perderé el tren.”
5:15 “No. Debo montar guardia por el tren. Si pierdo el tren, caerá la noche y estoy en este lugar más cerca del cielo que de Barcelona. Y en el cielo, muy pocos me conocen. Mejor no me muevo. No quiero perder el tren”
5:18 “ Por favor, sírvame una copa de vino tinto. Si Ribera del Duero, mejor. Gracias”

Tomé mis dos cámaras, el bulto y el abrigo. Camine por una senda de setos vivos. Un caballero de suéter rojo degustaba un trago y fumaba pipa sentado en un banco hecho de finas cañitas como bambúes, bajo una frondosa hiedra de majestuoso tronco, que servía de sombra y techo. Le separaba del mostrador una mesa y bastante espacio como para caminar entre ambos puestos. Al fondo, en una mesa al aire libre, dos parejas con dos chicos reían y discutían amistosamente, con acento aguardentoso, quién tenía el privilegio de pagar la cuenta.
Me sirvieron el vino. Frente a mí, como extraído de una película de época, un reloj de bordes rojos, y números romanos, marcaba el paso indefectible del tiempo. Entonces escuche la voz.
-“Esas cámaras deben ser costosas”- dijo el hombre del suéter rojo.
-“mmm, bueno, no si se disfrutan.” Contesté luego de sorber mi copa de vino purpura profundo.
- “Claro”- dijo mi interlocutor con una sonrisa relajada.
5:32 -“Al anden! Apúrate que llegará el tren, no estarás listo y sabrá dios que pasará
con tu vida”-
5:33 -“Otra copa de vino por favor. Del mismo”-


-“¿Va a comer usted? Que aquí cocinan de todo y hacen una paella”- expresa el fumador de pipa.
- “No tengo tiempo, aguardo el tren de las 5 y 40 y como ve, ya casi llega. Voy a Barcelona”. Dije con alguna resignación y un tonito de angustia.
-“Yo también voy a Barcelona pero me voy en el de las seis o en el de la siete. Pasan cada hora”-
-“En ese caso, creo que me quedaré a comer”- dije relajado, con una sonrisa de amigo. El fumador de pipa asintió como muestra de hospitalidad genuina. Luego de las introducciones de rigor supe que se llamaba Francisco y que había vivido en Montserrat por mucho tiempo, desde chico. Que fue chofer de autobús y ya se había jubilado. Vivía ahora en Barcelona; y que cada vez que podía -como ese sábado diez de abril de 2010- se llegaba hasta El Rincón para ver viejos amigos o sentirse en casa. Para sentir la espiritualidad del lugar en el que por tanto tiempo vivió. Me invitó un vino. Yo le reciproqué con el trago de su predilección: ginebra con zumo de naranja. Recordó como despertaba con las campanas del monasterio. Identificó la intensidad que palpita en mi fuero y quizás mucho más que eso. Terminamos amigos. Cuando me levanté para irme, me dijo:
- “Te voy a regalar algo. No soy religioso, pero si soy muy espiritual”- Extrajo de su billetera una pequeña estampa.
-“Esto te lo doy, no para que creas en él, sino como un símbolo, para que te acompañe.”-
La estampa es de San Miguel Arcángel. Al dorso de la estampa una oración inicia “Arcángel San Miguel, defiéndenos en la lucha…
Quien visita Montserrat… termina creyente.

viernes, 7 de mayo de 2010


Escucho las Aguas de Marzo de Antonio Carlos Jobim. Parecería que estuviera escuchando un himno. Su melodía hechizante discurre precisamente como lo haría el agua en un arroyo. Cierro los ojos y la siento. Particularmente la versión de Elis Regina. Traducir su letra al castellano desluciría la pieza, y robaría todo su sentido. Es en portugués que la canción es una joya. Tanto así, que en el 2000 fue escogida como la pieza musical brasilera más bella jamás compuesta. No es una historia esta canción. Es un afluente de imágenes narradas al son de un bossa nova exquisito. Y aún asi, no es difícil tejer en la imaginacion una historia por cada una de sus imágenes. De ahí, a mi juicio, su encanto. Salud.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Alejandro y Diógenes


En un salón ensombrecido, que abundan en el Museo del Louvre, hay una pieza de particular fascinación. Se llama Alejandro Magno y Diógenes. Pierre Puget, su autor, demoró dieciocho años en realizar la obra en mármol de Carraca, entre el 1671 al 1689. El relieve se hizo a encargo de Luis XIV, monarca de Francia.
Es un relieve de proporciones imponentes: más de tres metros de altura y su anchura otros tantos. La pieza representa un instante de esos que quizás solo sucede en las tradiciones que van de boca en boca. Diógenes de Sinope era un filósofo de la Escuela Cínica y Alejandro Magno el militar macedonio más famoso de la historia.
Se distingue Diógenes por su absoluta renuncia a los bienes materiales y los convencionalismos sociales. De ahí, la menesterosa apariencia que reconstruye del filósofo Puget, en una escena, en ocasión de estar Diógenes ante la presencia de Alejandro, vencedor de Grecia, quien a su vez está rodeado de su alto mando. Tal parece que Diógenes le estuviera pidiendo algo al celebérrimo conquistador. Dicta la tradición que la conversación recreada en la obra de Puget fue, más o menos, la siguiente:
-“Yo soy Alejandro Magno”- dice el guerrero.
-“Y yo Diógenes el cínico”- responde el filósofo.
- “¿Qué puedo concederte?”- preguntó Alejandro. Diógenes contesta:
– “¿Puedes apartarte para no quitarme la luz del sol? No necesito nada más”
Sorprendido por la seguridad y dominio del filósofo el emperador replicó:
-“Si yo no fuera Alejandro, querría ser Diógenes”- a lo que éste le contestó:
-“Si yo no fuera Diógenes, querría ser Diógenes”-

Otro relato que llama la atención sobre el carácter de Diógenes de Sinope refiere el momento en el que se encuentra con Aristipo, filósofo de escuela opuesta, y quien podía vivir cómodamente a costa de adular al rey. Diógenes consumía un plato de lentejas. Aristipo le dice:
-“Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas”- a lo que el cínico contesta:
-“Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey”-

Antes...


Creo que estamos edificando la sociedad del desastre. Y no lo digo por pesimismo sino por lo que se vive a diario. No con poco asombro leo que tirotearon un helicóptero. Han herido a dos pasajeros, de los que se recalca son agentes del orden público. Continúo la lectura y encuentro varias otras agresiones de carácter grave contra ciudadanos de distintos géneros. En otro rotativo ojeo que le siguen los pasos a un juez. Y que a un pastor –otro entre el redil universal de religiosos- le imputan haberse propasado con una menor de su feligresía.
Lo de la sociedad del desastre me viene por la realidad de que hay bastante impunidad en esta comunidad en que vivo. No es que estemos libres de pecados. Es sencillamente que la gran mayoría de las personas que realizan una fechoría de cuenta mayor, digamos, esas que rebasan hasta el derecho natural, campean por su respeto en pública desfachatez y ceban su ego ante el relativo éxito de su empresa delictiva.

Sucede muy poco en esto de construir la sociedad soñada. He visto más justicia y solidaridad entre aborígenes descalzos. Y si las referencias van de la mano con la impunidad, como cuentas de mayor a menor se van desgranando los actos que se suman al desorden comunal. Si quien puede lo mucho puede lo poco, entonces es previsible que veamos un incremento deletéreo en nuestras relaciones sociales. Si un asesino sale ileso ante el juicio de sus pares ¿qué no podemos esperar del ratero, del corrupto, del timador, del embustero, o en resumen, del aficionado a delinquir por placer o necesidad? ¿Qué podemos esperar de ese que se asía al poder y desde su cándida investidura institucional –y el poder que acarrea- decide dividirse el “fruto del trabajo del hombre” entre camaradas y privanzas?

Hay quienes nos levantamos cada mañana y no nos queda más remedio que seguir adelante. Que vamos a inmiscuirnos en aquello que nos procura el salario y el respiro. Y en el torbellino de inclemencias, solo podemos detenernos un instante para musitar alguna que otra palabra de inconformidad, como en un tiempo pedido, entre todo el ajetreo que nos queda por delante. Y ahí está la semilla del desastre. Vivimos tan mal, que en el ánimo de encontrar el alivio, diluimos las fuerzas que debiéramos guardar y dispensar para alentar a nuestro vecino, salvar a nuestro amigo, rescatar nuestro país. No pasa nada, decimos. Porque en efecto, eso es lo que sucede. Consumimos la información que poco a poco nos anuncia el naufragio; la echamos a un lado o la comentamos en los cafetines, en el desayuno y la sobremesa, y luego de haberla salivado bastante, la filtramos por la malla de la tolerancia. Entonces nos enajenamos en una fingida privacidad, entre las cuatro paredes de nuestro reino aquí en la tierra, hasta que el impune toca a nuestra puerta. Ahí, intuimos la escalada. Ese día queremos gritar y divulgar la afrenta. Pero la denuncia irá a parar al registro tinto de una imprenta, como exordio de alguna cuartilla periodística o reporte oficial. Y no pasa nada. Será entonces, con amargura en la boca, que desearemos haber hecho algo. Antes

lunes, 3 de mayo de 2010

El dios que no lo sabia todo


La Estación de Ferrocarriles de Chamartin se encuentra al norte de Madrid. Bulle con la presencia de tránsfugas y pasajeros que no se distinguen en eso de llegar a un destino. En Chamartin, (que adopta el nombre del barrio que ocupa) llegan y salen casi sin detenerse, vagones y locomotoras que recorren gran parte del Noreste de Iberia. También converge el Metro, (valga la redundancia)bastante varios metros bajo tierra. Es una telaraña de vías muy bien servida con puntualidad y eficiencia. Desde allí llegaría en viaje nocturno de 7 horas a Barcelona. Pero esa es otra historia.
La que quiero contar tiene que ver con el ejercicio sibarita de recompensarme con un placer (uno o dos realmente).
Verán, cuando uno viaja, debe hacerlo con la ingenuidad de un niño bien educado y la curiosidad de un gato precavido. Debe uno observar todo lo que se puede ver, palpar todo lo que se puede tocar y saborear todo lo que se puede probar. Y digo “puede” con el entendido de que lo que se mire, se toque y se pruebe no nos haga daño al cuerpo ni al espíritu.
Aclarado el punto y de regreso al hedonismo consustancial a un viaje como este, les narro que hubo un instante donde miraba a dos chicas -era posible verlas, inevitable observarlas pero poco probable palparlas- que consumían dos tazas de un espeso y aromático brebaje. Ese -me dije- ya lo veo, me falta palparlo y saborearlo. Fue así como, previa una liviana y respetuosa introduccion, di con una taza humeante, espesa y fragante de chocolate. Me la invitaron Conchita y María José. Yo agradecí genuinamente. Mi tren partía a las once de la noche. Las chicas se marcharon no sin antes cruzar palabras amables. Y ahí estaba yo: dispuesto a observar, palpar y saborear lo que me dejaron aquellas damas. Una taza de viscoso y delicioso chocolate. No sabía el generoso dios maya Kukulkán -quien obsequió el cacao a sus acólitos- que miles de años después, no uno de sus devotos, sino yo, estaría frente a un pocillo ardiente de su aclamado agasajo.

Barajas de Richard







Hace algo más de un mes decidí tomar un avión a Madrid. A un cuarto de siglo de ausencia, no imaginé lo que encontraría. Lo antes visto y leído realmente no se ajustaba a esa realidad fabulosa que estremeció mis sentidos en esta ocasión. En mi primer viaje tenía veinticinco años. Hoy, casi a mis cincuenta, hay mayor agudeza para disfrutar ese país. Mis sentidos se deleitaron con renovado interés por una observación mucho más acuciosa. Eso derivamos del viajar y este caso no fue la excepción. Fue una experiencia que atesoraré hasta el fin de mis días, sin implicar ni por un instante que no regresaré.

El trayecto a España, una vez oculto el sol, equivale a una sinuosa noche de insomnio. El desagravio al trasnoche comienza con la llegada a un aeropuerto internacional que recibe más de cincuenta millones de pasajeros al año. Sus instalaciones modernas -y no menos que espectaculares- son obra del arquitecto Richard Rogers, un profesional fuera de serie, responsable de la corriente conocida como Arquitectura High Tech y quien también perteneció al equipo que diseñó el no menos famoso Centro George Pompidou de Paris. El Aeropuerto de Barajas es el prefacio perfecto a un país del Viejo Mundo lleno de vitalidad que a pesar de sus asentamientos urbanos antediluvianos palpita con rejuvenecido vigor.

miércoles, 28 de abril de 2010

Antes que llegue mañana...


Before It Is Too Late

If you have a tender message,
Or a loving word to say,
Do not wait till you forget it,
But whisper it today;
The tender word unspoken,
The letter never sent,
The long forgotten messages,
The wealth of love unspent-
For these some hearts are breaking,
For these some loved ones wait;
So show them that you care for them
Before it's too late.

martes, 27 de abril de 2010

Días más felices... quiero.




Me gustaría despertar una mañana y saber que todo es distinto. Que ya el verbo no conspira. Y que la entraña del pensamiento no acoge dudas amargas. Quisiera tanto… quisiera tanto.

domingo, 7 de marzo de 2010

"A mighty pain to love it is,
And 'tis a pain that pain to miss;
But of all pains, the greatest pain
It is to love, but love in vain."

Catallus

martes, 2 de febrero de 2010

Punto Final

La opinión pública es un barril de pólvora que aguarda porque alguien le encienda su mecha. Las cataratas de tinta derramada con el explícito propósito de regañar a un gremio es la última versión de un intercambio de información sin recato y con tanta insensibilidad como la que se considere la peor de las imágenes que dio margen a la combustión espontánea.
De pronto, se beatifican lo estándares y se convierte en irredentos a aquellos que pecan de ser seres humanos. Una avalancha de piedras se les viene encima. Siempre es tan sencillo y raso defender lo que debe ser. Lo difícil es entender el porqué de lo que no se ajusta a la expectativa convencional. Lo difícil es ponerse en la otra orilla. Lo difícil es analizar sin emoción y con frialdad, inmunes al agua caliente del prejuzgo. Inoculación mediática sin parangón. Y al final, luego de rendidas las energías, quedan la resaca y los anonadados. Aturdidos todos porque un festival de mal gusto, de uno y otro lado, ha escamoteado lo que de algún modo, en un principio, nos hizo humanos: La solidaridad.

lunes, 1 de febrero de 2010

Haití y la Verguenza Ajena.

Es curioso. Una periodista, que otrora sostuvo una relación amorosa con un médico, ha causado revuelo cuando denunció, socolor de indignidad, la divulgación de una serie de fotos que muestra parte de un equipo de galenos que fueron a la desdichada República de Haití a brindar mucho más que primeros auxilios.

La periodista arremete contra los doctores por su insensibilidad al posar o tomar las fotos. No es casualidad que uno de los fotografiados fue su pareja y que la relación no culminó en buenos términos, según trascendió en la prensa. No al momento de las fotos, sino antes. La información fue suministrada en un periódico que ha dado tinta y papel a raudales a la controversia. Surge además del mismo periódico que, una vez se verificó la relación de la periodista y el médico, la periodista no pudo ser contactada para expresarse al respecto y aparentemente no ha querido manifestarse en la prensa, como hizo antes, antes de que se supiera que uno de los doctores habia sido su pareja. Esto, de alguna manera matiza, el análisis sobre las razones que pudo haber tenido la joven periodista.

La queja de la comunicadora expuso la existencia de las fotografías y su indignación por ellas estableció el tono del debate y la opinión pública con una lamentable baja: la reputación de una clase profesional indispensable para brindar ayuda a los haitianos.

Las fotos realmente dicen muy poco: un médico con una segueta muestra la herramienta como tratando de consolarse a si mismo, ante la falta de equipo, para cortar un tornillo utilizado en un paciente. El cuerpo de una víctima semidesnuda, luego de ser tratada y sin que su rostro pueda ser identificado; varias fotos de médicos con su tradicional uniforme verde (dudo que ante las circunstancas hubieran podido cargar con su ajuar de invierno) posando risueños con uno que otro vaso o botella de cerveza y otras fotos de médicos sosteniendo rifles y escopetas pertenecientes a soldados dominicanos que de paso, también posan en la foto. Dicen muy poco las fotos. El qué, cómo, cuándo, dónde, quién, cuál y porqué no se desprende de las mismas y mucho menos de la expresión de la periodista. Si las fotos son feas. Carecen de valor creativo e incluso estan realizadas con muy poco gusto. Sin embargo no encierran la insidia ni la mofa. Estas son producto más bien de una posición de la periodista que decidió, a través de su análisis desinformado, endilgarles dichas características.

La columna de la periodista por alguna razón ocasionó que se interpretaran las fotos como una mofa y una desconsideración, por parte de los médicos, en un momento de tan terrible dolor. Nada dijo de las jornadas sin dormir y con poco alimento; la incomodidad y la falta de equipo y también hubo silencio sobre las vidas rescatadas y aquellas que no tuvieron tanta suerte a pesar de los esfuerzos. Y no podía decir nada sobre ello porque no le constaba de primera mano. No consultó fuentes ni verificó la información que solamente entró por sus ojos. Apuesto que tampoco pudo imaginar el descrédito que ocasionó su columna, matizada por el despecho, a toda una clase profesional. Tampoco pudo predecir las consecuencias a las que expuso a unos pobres soldados dominicanos. Mucho menos pudo figurarse que probablemente hay pacientes agradecidos cuyas vidas serán un poco mejor después de la intervención de los “pérfidos” médicos.

La joven periodista, a quien la inexperiencia ha traicionado, juzgó a unos profesionales que antes que nada son seres humanos. No entendió que la profesión médica es un sacerdocio así como el buen periodismo, ejercida por hombres y mujeres de carne y hueso. Que esos seres humanos fueron a una inhóspita y deprimente trinchera, no a mirar de lejos, sino a socorrer “metiendo mano”. Y que como seres humanos, a veces, actúan sin mayor consideración que un buen desahogo luego de momentos de mucha tensión. Se de otros profesionales que clamaron por ser sacados del lugar porque no soportaban la situación en Haití. De esos posiblemente nunca se hable. Pero sin embargo, se ha desacreditado a un gremio que fue a hacer lo que hay que hacer cuando la responsabilidad profesional y la solidaridad humana lo exigen. Es mi particular opinión que los médicos concernidos poco tienen de que avergonzarse.

Por mi parte, alzaré mi copa y brindaré por ellos, por cada paciente que recibió su desinteresado socorro y por los periodistas con discernimiento. En cuanto a la comunicadora, creo que sin mucho interés contemplaré su portafolio titulado “El poder de la semana” según divulgado en http://www.youtube.com/watch?v=rhB4BG1I65c. Salud.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Hoy






Hoy, iría al psiquiatra si no fuera por el espanto que me causa un posible diagnóstico de locura incurable, y a pesar de ello, se empeñe el aludido en medicarme.

Hoy, puedo idearme todas las excusas posibles para afrontar el día de mañana, rindiéndome a la rutina, sin siquiera intentar alimentar mi corazón con una experiencia única.

Hoy, puedo criticar. Lamentarme por todo lo que quise ser y no he sido, y perderé el valioso tiempo de vivir con intensidad lo que soy.

Hoy, puedo cuestionarme por qué quiero a quien quiero; perder el tiempo escudriñando otra vez, sin darme cuenta que querer como quiero es el presente que siempre anhelé.

Hoy, puedo sentarme y no hacer nada; dejarme ir con el tiempo, en vez de cabalgar y hundirle las espuelas de mis ganas a esta vida que no es ni ayer ni mañana, que es solo… hoy.

martes, 24 de noviembre de 2009

Arístides Chavier


Arístides Chavier fue un prominente compositor y pianista puertorriqueño. Un creador sin duda. Pero esa es otra historia.
Ahora es el nombre de un caserío o residencial público, de esos que marcan la estirpe. Un lugar donde los problemas no se acaban pero empiezan. Esta es la historia.
Jóvenes y niños del residencial Arístides Chavier crearon una película rudimentaria pero acertada; una historia ficticia basada en la vida real. En esa vida real que conocen muy bien y en la que por décadas les ha tocado vivir. Han creado un cortometraje de diez minutos en el que revelan cómo se bate el cobre en muchos lugares de nuestro Puerto Rico. Gústenos o no, lo cierto es que nuestro país no se aleja del cortometraje. La violencia nuestra de cada día existe, está ahí y es una variable que debe manejarse para bien o para mal, mas nunca obviarse. De eso trata el cortometraje. Ese es el mensaje y no hay nada de malo en divulgarlo y mucho menos que quienes lo divulguen sean precisamente los que se tienen que calar el estilito de vida porque para muchos de ellos, como regla general, no hay de otra.
El resultado de esta empresa casual ha sido una censura férrea por la misma razón de siempre: la equivocada.
De pronto se habló de un operativo de las agencias de servicios sociales para castigar a los padres; se contempló la necesidad de hacer pagar a los culpables de que nuestros jóvenes se degeneren haciendo películas tan violentas. Se dijo de aplicar una ley de protección de la niñez porque los menores estuvieron expuestos a lo que hace daño.
A nadie se le ocurrió celebrar la vena creativa y emprendedora de estos muchachos que tiene frescura y verdor suficiente como para encarrilarla hacia manifestaciones artísticas sublimes y maduras. Los que tienen la obligación de hacerlo no reconocieron el germen ni entendieron el instinto creador. Solo se vieron en el espejo de lo que no quieren ser. Solo pudieron ver la caracterización, mas no entendieron el mensaje. Que lástima.
Todo esto me recuerda a dos chicos de otros tiempos y otros lugares: Francis Ford Coppola y Robert Rodríguez, creadores de dos cintas que son paradigma en la cinematografia norteamericana: El Padrino y El Mariachi respectivamente. A Coppola y a Rodríguez, luego de retratar y divulgar la violenta realidad de sus respectivas comunidades y cepas, les dieron todos los recursos para que produjeran más. A los nuestros los amenazamos con llevarlos al reformatorio. Mire que hay que ser isla!
La fiebre amarilla se desató en los titulares. Las cuartillas parecían reclamar en loco parentis (mucho énfasis en loco). ¿Quién es el responsable de tanta venenosa violencia? Los medios hicieron su parte. Y los funcionarios de gobierno la suya. “¿Quién mató al Comendador? / Fuenteovejuna, Señor / ¿Quién es Fuenteovejuna? / Todos a una, Señor.”
A nadie se le ocurrió que la recreación filmada constituía una tregua en aquellos lares. Que la realidad cotidiana se denunciaba en un testimonio pueril muy honesto. Y que durante la grabación de las escenas, los jóvenes estaban trabajando. Actuando. Creando.
Pero los chicos de Arístides Chavier no se han amilanado. No tienen tiempo para lamentarse porque en Aristides Chavier la vida y el futuro siempre estará en juego. Así que solucionaron el asunto y en contestación a toda la crítica mediáticamente exagerada crearon otro cortometraje muy retador. Un desafío para que se les reconozca. Una pena empero, porque esta Isla además de no querer entender, tampoco le gusta el reto.