
¿De qué se compone la tristeza?
Acaso llueve desde las entrañas.
Lleva nombre propio, o será más bien común.
¿Será el nimbo de nuestra existencia?
¿De qué se compone la tristeza?



Ninguna era tan bella como tú
durante aquel fugaz momento en que te amaba:
mi vida entera.

Dos millones de boricuas fueron al desfile. Apretaditos, brillosos, sudorosos, olorositos a sobaco tropical. Con los tules puestos. Acepillaitos. Pelfumaos hasta las teleras. Los más dandis. Mujeres en leggins con las nalgas a relieve y el pelo colorao achiote. Frases autóctonas de nuestra puertorriqueñidad por doquier: Ay bendito….
Macharranes en mahones y camisilla, con moscas en la barbilla, tatuajes en los brazos, cerveza en mano y suficiente grasa en el abdomen como para hacer trampa en un ayuno.
Rubios, negros, mulatos, achinados, piel canela, pelo rizo, lacio, canos. Mil rostros tapizados del verdor de nuestras montañas, con mancha de plátano, salpicados de salitre y contagiados con jaguaryú. Los nuevos ricos, de pueltorico. El político que se percibe amado. Indígenas, indigentes y decentes. Crisol criollísimo y mampara de la verdadera identidad.
La parada número cincuenta y uno. Cuarenta cuadras de fiesta por la Quinta. Suenan las congas que saben a salsa y los barriles con ritmo de plena. Risas simpáticas y miradas de reojo tras el accidental tropezón. La carcajada genuina. Las hembras bien puestas con más curvas que la piquiña. Damas en tacos, tropiezan poquito a poco y aguantan cuanto chino dan los machos de Boriquén. Autóctonas expresiónes como las flores de orilla: Ave Maria!, Puñeta!; Tirate cabrón, que esta llanito!; cien grados de temperatura y el olor a cuchifrito se mezcla con las colonias de Avon. Que jodío calol ; Oye Wi, Tito tiene aquello pa’ ti. No me vaya a dejal. Si ajá… mere pescau! Con el permiso, con el permiso; coño no empujen; no te cueles cabrón! Mera, siéntate!. Que hostia!; Tito, Tito, Tito… ¿qué carajo Tito? Ese se retiró! Ahora es Juanma! Juanma! Juanma! Juanma! Ahí viene la Comay muchachos! Tíralo al medio Comay! Tiene un pejo que me preste?
Un día después, varias manzanas más abajo, exactamente en la Primera Avenida, entre la calle Cuarenta y Dos y la Cuarenta y Ocho, en una estructura de treinta y ocho pisos y quinientos cuarenta y cuatro pies, obra diseñada por Le Corbusier, hay otra clase de fiesta. Pocos invitados; no menos pintorescos. Es el reclamo del gobernador de Puerto Rico, ante las Naciones Unidas, de mayor soberanía para la colonia más antigua –y feliz- del hemisferio. Al reclamo asiste muy poca gente. Aquellos que sobrevivieron la resaca del día anterior deambulan como zombis bien pagos ante un organismo internacional de mucho peso. Si tan solo los dos millones de boricuas estuvieran allí. El mismo organismo que advirtió a George Bush sobre la invasión a Irak. Y nuevamente, el organismo de treinta y ocho pisos de historias, emite una resolución. Todo tinta, todo papel y a tono con aquella otra declaración sobre la concesión de la independencia de los países y pueblos coloniales, contenida en la resolución 1514 (XV) de la Asamblea General, de 14 de diciembre de 1960; y con la pertinencia que pueda tener que ya se cumplen ciento dieciocho años de la invasión a Borinquen por los norteamericanos. La determinación del ingente organismo es: mantener la cuestión de Puerto Rico bajo examen continuo.
Supongo que en Casa Blanca están muy preocupados. No por la resolución de la ONU, sino por los dos millones de boricuas que tienen ganas de permanecer bajo fiesta continua en la isla de Manhattan, per secula seculorum.


Fido, aterrorizado, devora sus uñas. Lassie cambió su peinado para que no lo reconozcan. Laica, la perra cosmonauta rusa, hizo bien en no regresar jamás.
Dice una noticia de la agencia EFE, que en la ciudad de Phom Penh los perros desaparecen. No, no se han ido al festival de Cannes. Se los roban con un propósito muy noble: alimentar a la población.
El periódico reproduce la noticia decantada, evidentemente, hacia el flanco emocional. Obvia decisión cuando consideramos que un perro, como mascota, se convierte en un miembro más de la familia. Evidente por demás si la noticia exuda morbo.
Pero el periódico que publicó el nuevo menú de las fondas en Phom Penh, quizás debió considerar que dos mil millones seiscientas mil personas de todo el mundo gastan hasta el ochenta por ciento de sus ingresos en alimentos. Millones de personas no tienen dinero para comer. Es, como diría una tía mía, una vida de perros.
Por estas latitudes, no deja de ser una tragedia que alguien decida tragarse a Dino, a Benji o Rintintin. Sin embargo, el aumento de precios de los alimentos, ficticio o real, hace mella entre más de dos terceras partes de la población mundial. Me temo que países desarrollados mantienen un control y monopolio en la producción de alimentos básicos. Comer o no comer, y qué comer: he ahí el dilema.
Acá donde vivo, tal parece que el mal del hambre se hubiera conjurado. Los periódicos hacen referencia al precio de los alimentos como algo cotidiano sin enfatizar que el equilibrio de la vida es frágil. Y que cuando ese equilibrio nos favorece, es a costa de que otros sufran lo peor. Vivimos como si fuera imposible padecer una hambruna. Vemos con horror que alguien se coma a Snoopy.
Esa alocada arrogancia es peligrosa, sobre todo, si la información que trabajan los medios de comunicación raya en lo escandalosamente frívolo. Nuestro periodismo, en su gran mayoría, se abstrae de la información útil y enriquecedora. Esa que nos guía en la oscuridad. La que nos hace mejores personas. Las que nos lleva, en muchos casos, a actuar. La que imparte cultura y nos hace más humanos.
Por el contrario, se complace nuestra prensa en el velo de la señorita debutante y en la promesa repetida y poco ingeniosa del político de siempre; o en la artista que perdió su trabajo cuando se fue a maquillar o por supuesto, en el chino que devora canes.
En esta libertad de prensa que diariamente nos deja en el limbo de la idiotez, es preciso mencionar que los alimentos alrededor del mundo, por la razón que sea, han aumentado en un ochenta y tres por ciento. Los lácteos un 48%; los cereales un 88%; aceites y grasas 106%; el trigo 181%. El arroz, que hace un año se vendía a trescientos veintitrés dólares la tonelada, hoy se paga a mil dólares. La tendencia se mantendrá hasta el año dos mil quince. Se hace urgente un plan para que los alimentos no sean una aterradora necesidad y mucho menos una prenda de lujo.
La noticia es que en el mundo los hambrientos serán más. Que las potencias productoras de alimentos, a pesar de que los producen en proporciones maltusianas juegan al negocio y a la riqueza. Si los pueblos como el nuestro no toman previsiones, podrá leer en uno de esos panfletos cotidianos un nuevo titular:
el que tenga hambre, que se compre un perro.

Caviló sobre esos sentimientos encontrados. No había paradigma que definiera el amor que sentía. Pero tampoco existía experiencia personal que le ayudara a encarar los obstáculos que hacían improbable la relación.Hay una página con referencias que llevan a comprender los porqués más amargos. Yo que me empeño en buscar consuelo en las palabras, solo hallo el mismo desengaño. Aun así, oculto mi tristeza con dichos felices y acciones burlescas. Procuro un poco de alivio y resto brusquedad al delirio que más me agobia de un tiempo a esta parte. Busco enterrar la felicidad frugal, pasajera y espuria. La de los pactos inconclusos y el lisonjeo a medias. Apaciento las ovejas de mi rabia con el análisis frío de la razón y el cálculo. Pero confieso que al final, siempre me equivoco en ese ajuste de cuentas. Entonces releo versos como si fueran las fórmulas que desentrañan la solución al problema.
Y resurge mi pregunta más agria:
Borges escribió:
Entre mi amor y yo han de levantarse trescientas noches como trescientas paredes y el mar será una magia entre nosotros. No habrá sino recuerdos. Oh tardes merecidas por la pena, noches esperanzadas de mirarte, campos de mi camino, firmamento que estoy viendo y perdiendo... Definitiva como un mármol entristecerá tu ausencia otras tardes.
Cortázar preguntó:
Dime por qué todavía te deseo, por qué tu nombre vuelve como el hacha a la herida en una amarga visitación de la medianoche, a la vera de un campo funerario donde larvas se multiplican húmedas babas, recuento interminable de torpezas, dime desde esa nada donde ahora te atrincheras, dime por qué me basta componer un mecanismo elemental de sílabas, discar en el cogollo de la niebla las cifras de tu nombre para que solitariamenteme agobie la esperanza de una menuda migración de dedos por mi pelo, de una fragancia donde habita el musgo. De un silencio más fogoso que todas las vigilias.
Octavio Paz suplicó:
Arde, furor oculto, ceniza que enloquece, arde invisible, arde como el mar impotente engendra nubes, olas como el rencor y espumas pétreas. Entre mis huesos delirantes, arde; arde dentro del aire hueco, horno invisible y puro; arde como arde el tiempo, como camina el tiempo entre la muerte, con sus mismas pisadas y su aliento; arde como la soledad que te devora, arde en ti mismo, ardor sin llama, soledad sin imagen, sed sin labios. Para acabar con todo, oh mundo seco, para acabar con todo.

