
De chico, su padre lo encontraba en los cabarets. De allí lo sacaban a tirón de oreja. Menos mal que no se las arrancaron porque de otro modo el Maestro Aldemaro Romero, que en aquel entonces tenía trece años, quizás no hubiera disfrutado el oído que como músico le llevó, no solo a los caberets, sino a las mejores salas del mundo, como pianista, compositor y como director de las orquestas de mayor prestigio musical en el planeta. Romero era autodidacta. Como decía el propio maestro: “el que tiene talento, lo tiene para todo”.
Aldemaro murió en septiembre de 2007. Lamento haber conocido su nombre y apellido hace menos de un año, aunque su música ha estado conmigo casi toda mi vida. Por eso, estas letras.
El Maestro nació en Venezuela, en la ciudad de Valencia, lugar en que alguna vez viví. Ya para entonces, auque inmensa para mi, la patria Venezuela era chica para Aldemaro.
En Rusia fue agasajado con “El Premio de la Paz”, concedido por los intelectuales soviéticos, en atención a la música compuesta para una obra cinematográfica sobre Simón Bolívar. Y me pregunto, quién más sino él.
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